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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 157

—Cuando encontró el colgante, ¿recuerda si vio a alguien más o si pasó algo inusual en ese momento? —preguntó Ricardo. Aunque ardía de impaciencia, intentó mantener la calma.

—No, la verdad no. Me levanto muy temprano, como a las cinco o seis de la mañana. A esa hora no hay nadie en la calle —respondió el anciano, haciendo memoria con calma.

La respuesta fue un golpe de decepción para Ricardo, aunque era de esperarse tras tanto tiempo.

—Ay, viejo, ¿ya no te acuerdas? —intervino de pronto su esposa desde un rincón—. ¿No te acuerdas de que esa misma mañana los vecinos andaban diciendo que habían encontrado a una niña en el basurero?

—¿Qué? ¿Qué niña? —Los ojos de Ricardo brillaron con una intensidad feroz.

—¡Ah, es cierto! —el anciano se dio una palmada en la pierna—. Fue el gran chisme del barrio. Decían que alguien había sacado a una niña pequeñita del basurero y que la pobrecita ni siquiera lloraba de lo quieta que estaba.

—Y esa niña... ¿a dónde la llevaron? —la voz de Ricardo temblaba—. ¿Sigue... sigue viva?

—Claro, llamaron a la policía y se la llevaron. Seguramente pensaron que se le había perdido a alguien por ahí.

Ricardo maldijo internamente no haber pensado en eso antes.

Había estado obsesionado durante años investigando la ruta exacta de los camiones de basura de aquella época y la ubicación de los contenedores, buscando cualquier detalle técnico, sin darse cuenta de que la respuesta estaba ahí mismo, esperando a ser descubierta.

Solo tenía que buscar en los archivos policiales antiguos.

Sin perder un segundo, puso a todo su equipo en marcha.

Con esta nueva luz de esperanza, Ricardo sentía que había vuelto a la vida.

Gracias a su influencia en Valdemar y a un equipo de abogados implacable, lograron desenterrar los expedientes en cuestión de horas.

El informe detallaba que el 20 de noviembre de hace veinte años, un transeúnte que sacaba la basura temprano escuchó un ruido extraño proveniente del contenedor.

Al principio pensó que eran ratas, pero la curiosidad lo llevó a asomarse.

Y fue entonces cuando vio a una niña pequeña, con la piel amoratada por el frío extremo. Apenas respiraba, pero sus deditos se movían levemente por puro instinto, luchando por aferrarse a la vida.

El hombre la llevó de inmediato al hospital y llamó a las autoridades.

En la modesta casa del anciano que había vendido el colgante, la pareja miraba estupefacta un fajo inmenso de billetes sobre su mesa. Eran doscientos mil dólares en efectivo.

—Viejo, mira esto... ya no tenemos que preocuparnos por nada. Ese señor parecía de armas tomar, ¡pero resultó ser un ángel!

Algo similar ocurría a unas calles de allí.

—Camilo, ya tenemos para mi cirugía. Con lo que te pagaron por la pintura, y este dinero extra, es más que suficiente.

—¿Pero quién te lo dio, papá?

—No, no es una estafa. Hoy vino un hombre a la casa. Dijo que quería agradecerme por haber salvado a una niña hace veinte años y me dejó esta suma enorme de dinero.

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Ese mismo día, Don Octavio ordenó que todos los miembros de la familia se presentaran en la mansión principal.

Desde que se casaron, sus dos hijos, Octavio Jr. y Claudio, se habían mudado a sus propias residencias.

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