Al principio, los Guerrero mantenían la tradición de una cena familiar a la semana. Con el tiempo, Don Octavio dijo que prefería la tranquilidad y lo redujo a una sola reunión mensual.
Pero la realidad era que al patriarca le hervía la sangre de solo ver a sus dos hijos mediocres y ambiciosos. Y ni hablar de sus nueras, dos arpías cuyas intenciones de apoderarse de la herencia familiar estaban escritas en la frente.
La gota que colmó el vaso fue cuando las dos nueras casi llegan a los golpes en plena cena mientras los hermanos se quedaban callados. Don Octavio, furioso, emitió un decreto: nadie pisaría la mansión principal sin su permiso. Ninguna de las dos familias.
Por eso, que el abuelo los convocara repentinamente dos semanas antes de lo previsto, los tenía desconcertados.
—Dime algo, ¿tú crees que el viejo por fin quiere hablar de la herencia? —preguntó Zoe, dándole un codazo a su esposo en el auto—. Desde que la mosca muerta de Regina ganó ese premio de arte, su madre camina como pavo real. Tu padre siempre la ha consentido. ¿No crees que haya perdido la cabeza y quiera dejarle la empresa a ella?
Octavio Jr. se ajustó la corbata, con el ceño fruncido, y se mantuvo en silencio.
La falta de respuesta solo alteró más a su esposa:
—¡Es absurdo! Tiene un nieto varón, de su propia sangre, y no quiere dejarle el patrimonio a Gustavo. No sé a qué demonios está esperando; ya tiene un pie en la tumba. Siempre ha sido igual. Teniendo dos hijos varones, siempre le dio preferencia a tu hermana Celina. Si no fuera porque ella se largó...
—¡Suficiente, cállate! —Octavio Jr. se volvió hacia ella con el rostro desencajado—. ¡Cuida lo que dices!
Zoe apretó los labios, pero a los pocos segundos no pudo contenerse.
—Más te vale que Gustavo no llegue tarde hoy también. Ese muchacho nunca se toma nada en serio, con razón su abuelo no lo soporta.
En el coche de Claudio Guerrero, la otra rama de la familia también especulaba sobre los motivos de la repentina convocatoria.
Acomodándole un mechón detrás de la oreja, Yolanda procedió a darle otra de sus ya conocidas lecciones de vida:
—Regina, sé que te gusta pintar y jugar a la artista. Pero recuerda: de eso no se vive. Úsalo para ganar fama, prestigio y para que tu abuelo te siga viendo como la niña prodigio. No hace falta que te manches las manos en serio. Lo que importa es asegurar la herencia de los Guerrero y luego casarte con alguien de nuestro nivel.
—Lo sé, mamá —respondió Regina con voz dulce, pero con los ojos ardiendo de ambición.
Ambas familias llegaron casi al mismo tiempo a la mansión.
Los hermanos se saludaron con un asentimiento distante, pero las cuñadas, Zoe y Yolanda, cruzaron miradas cargadas de veneno y no tardaron en empezar a lanzarse indirectas en la puerta de la casa.

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