—Eliana, ¿por qué no comes? —preguntó Manuel con voz suave al notar que no tocaba nada de lo que él le había servido—. ¿No son estos tus platos favoritos?
Antes, cuando vivían en la casa de los Romano, si él estaba allí, Eliana siempre se levantaba temprano para prepararle precisamente ese tipo de desayunos.
Eliana miró la comida frente a ella y una sonrisa amarga y burlona asomó a sus labios. *Esos eran tus platos favoritos, Manuel, no los míos*. Qué estúpida había sido, girando su vida entera alrededor de ese hombre, cocinando solo lo que a él le gustaba.
Pero, como estaban frente a su abuelo y Regina, no quiso armar un escándalo y arruinar el ambiente. —Ya estoy satisfecha. No tengo apetito —respondió con indiferencia.
Manuel, sin darse por vencido, siguió insistiendo: —¿Tienes planes para estos días? Tengo un proyecto muy importante que me gustaría proponerle al Grupo Guerrero. ¿Qué te parece si me ayudas a revisarlo?
¿Un proyecto? Don Octavio alzó las cejas, sorprendido. Parecía que Manuel estaba dispuesto a poner mucho dinero sobre la mesa con tal de recuperar a su esposa.
—Si tienes un proyecto, búscate a un equipo de expertos. ¿Para qué me necesitas a mí? Además, tengo cosas que hacer, no tengo tiempo —rechazó Eliana sin una pizca de piedad.
A pesar del rechazo frontal, Manuel no mostró ni un rastro de molestia; su expresión seguía siendo de profunda adoración.
Regina, que observaba la escena, no daba crédito a lo que veía. Confirmado: la estupidez romántica no desaparece, solo cambia de objetivo. Por un segundo, la irritación que sintió al ver a Manuel actuar como un perro faldero superó incluso el asco que le tenía a Eliana.
—Solo confío en ti. Pero no importa, te esperaré hasta que te desocupes —dijo Manuel, con su mirada de cachorro enamorado—. ¿Adónde vas? Déjame llevarte.
Eliana estaba completamente exhausta de la situación, pero, más que nada, estaba confundida. ¿Le habían lavado el cerebro?
¿Cómo era posible que este hombre, que apenas hace unos días había acordado cortar todo contacto, hubiera cambiado de manera tan radical, persiguiéndola con tanta desesperación?
¡Al Yacimiento de la Sierra Verde! Las manos de Regina se cerraron en puños por debajo de la mesa.
Los demás tal vez no lo sabían, pero ella lo tenía clarísimo. ¡En esa zona solo había un proyecto activo, y era precisamente la excavación arqueológica nacional en la que ella había conseguido un cupo de milagro! ¿Por qué Eliana iba a ir allí? ¿Acaso también le había llorado a su abuelo para que le consiguiera un lugar? Pero la expresión de Don Octavio dejaba claro que no sabía nada del asunto.
¿Habrá sido gracias a la Directora Calderón? El corazón de Regina dio un vuelco, pero rápidamente desechó la idea. Eliana solo había ganado el primer lugar en un concurso; eso no era suficiente para que alguien de la talla de Penélope Calderón la considerara. Regina misma había intentado acercarse a ella sin éxito. Al fin y al cabo, ella era la subcampeona, ¿qué tanta diferencia podía haber entre el primer y el segundo lugar?
Al recordar que el maestro de Eliana era el famoso Maestro Dario, Regina creyó encontrar la respuesta. Seguro que estaba utilizando los contactos de su maestro para meterse en el proyecto, hacerse la importante y presumir en su currículum.
Regina se rió en sus adentros. A simple vista, Eliana iba a lo mismo que ella: a conseguir un par de líneas para su historial. Pero, ¿irse con chofer privado?

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