¿No le parecía demasiado ostentoso? En ese campamento abundaban los académicos de la vieja escuela, estrictos y severos; odiaban profundamente ese tipo de arrogancia y exhibicionismo de la clase alta.
Regina, fingiendo inocencia, dejó caer un comentario: —El Yacimiento de la Sierra Verde... ¿No será el proyecto nacional de excavación arqueológica? Yo estuve haciendo prácticas ahí hace poco, fue una experiencia muy enriquecedora. Si lo necesitas, puedo darte algunos consejos y decirte en qué debes tener cuidado. —Su tono destilaba un aire de superioridad.
Don Octavio, al enterarse de que Eliana también participaría en el proyecto nacional, sintió una mezcla de sorpresa y profundo orgullo.
—Regina tuvo un desempeño excelente la última vez. Sería bueno que te guiara un poco —sugirió el abuelo, temiendo que Eliana, al ser nueva, cometiera algún error. Como no estaba al tanto de los detalles, jamás se le habría ocurrido que una chica de veinte años pudiera ir como asesora técnica.
Don Octavio sabía que Regina había estado compitiendo en secreto con Eliana y que, a veces, recurría a tácticas poco éticas. Pensó que esta oportunidad podría servir para suavizar la relación entre ambas.
Tras escuchar la grabación que Eliana le había entregado en el banquete, había aprovechado para darle una buena reprimenda a Regina. A juzgar por su comportamiento reciente, parecía haber aprendido la lección.
Al escuchar que Eliana iba a participar en una excavación nacional, Manuel no pudo evitar preocuparse: —Eliana, ese tipo de lugares requieren de mucha experiencia en campo. Además... tú te dedicas a la pintura. ¿En qué podrías ayudarles ahí?
La pregunta de Manuel dejó en evidencia su absoluta ignorancia sobre el verdadero nivel profesional de Eliana. Y lo que era peor: demostró lo poco que conocía a la mujer con la que había estado casado.
El rostro de Don Octavio se ensombreció al instante. Eliana, por su parte, hizo como si no hubiera escuchado absolutamente nada.
Sin embargo, ¿Regina también iría? Eso sí le sorprendió. Levantó una ceja, mirándola con curiosidad: —¿De verdad? A ver, cuéntame, ¿qué "consejos" tienes para compartir?
Eliana observó a ese par de arrogantes con una mezcla de sarcasmo y fastidio. Sin ganas de seguir perdiendo el tiempo, se despidió de Don Octavio y regresó a su habitación.
Al ver que Eliana se marchaba, Manuel supo que no tenía sentido quedarse. Al menos había logrado verla; era un pequeño avance.
Se despidió y, mientras cruzaba el pasillo hacia la salida, la voz de Regina lo detuvo: —Señor Romano.
Con la mente puesta solo en Eliana, Manuel no disminuyó el paso.
—Señor Romano, ¿no le da curiosidad saber qué le pasó a mi hermana Eliana la noche de hace tres días? —preguntó Regina, subiendo el volumen de su voz con un tono cargado de insinuaciones venenosas.

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