Fabián, siendo un joven acostumbrado a los lujos y a tenerlo todo hecho, nunca se había ensuciado las manos con esas tareas; era su primera vez haciendo empanadas y se movía de forma torpe, dejando como resultado unas piezas bastante deformes.
Mientras cenaban, la expresión de Eliana cambió repentinamente y escupió algo. Era una nota.
—Parece que te tocó a ti, seguro tendrás mucha suerte este año —dijo el Maestro Dario con una sonrisa cariñosa.
—Señorita Lamas, te deseo que a partir de ahora tu camino sea largo y sin obstáculos, que todo te salga bien, que la felicidad te acompañe todos los años y que logres todo lo que te propongas —dijo Fabián, mirándola con ternura mientras le ofrecía sus buenos deseos.
Esperaba de todo corazón que ella nunca más tuviera que revivir su pasado doloroso y que, de ahora en adelante, su vida fuera un camino despejado.
Portugal, la familia de Soto.
La gente preparaba una cena espectacular para esa fecha, reuniéndose en familia para desearse paz y prosperidad.
Ese tipo de escena jamás había ocurrido en la casa de los de Soto.
Especialmente este año para César de Soto: su padre había fallecido, su madre era un desastre como figura materna, y su abuelo seguía postrado en una cama de hospital.
Él estaba sentado a oscuras y completamente solo en el inmenso despacho, iluminado únicamente por la luz de la noche que se colaba por la ventana, resaltando el perfil de su rostro. Era imposible saber qué estaba pensando. Parecía haberse exiliado en una isla desierta, dejándose engullir por una oscuridad espesa e impenetrable.
De repente, empezó a sonar una canción.
Al principio se sobresaltó, pero luego se dio cuenta de que la música provenía de su propio celular. Al mirar la pantalla, vio que era una llamada de Eliana.
Se levantó rápidamente y salió al balcón para contestar. En la pantalla apareció ese rostro en el que tanto pensaba.
—¿Mariposas en el Aire? —fue lo primero que dijo él.
Eliana se echó a reír:
—Es el tono especial que te puse, ¿te gusta?
César sonrió. Cada vez que sentía que se hundía, Eliana siempre lo rescataba de las formas más inesperadas.
Ella añadió:
—Mhm —asintió Fabián suavemente, alargando un poco la última sílaba.
Eliana se despidió del Maestro Dario y de Fabián, y llegó a la casa de los Guerrero cuando ya era de madrugada.
Para su sorpresa, al cruzar la sala, notó que una lámpara de luz cálida seguía encendida. Don Octavio estaba sentado en el sofá. Al verla entrar, sus ojos se llenaron de una sonrisa afectuosa:
—¿Ya volviste? Ven, aquí tienes tu aguinaldo, eres la única a la que me falta dárselo.
—Gracias, abuelo, yo... —Eliana tomó el pesado sobre, sintiendo un nudo en la garganta. No había evitado pasar las fiestas allí por malicia, sino porque realmente le costaba convivir con los demás miembros de la familia.
En esa casa, el único que le demostraba algo de cariño sincero era Don Octavio.
—El abuelo lo entiende, no ha sido fácil para ti. Ve a dormir, feliz año nuevo —le dijo el anciano, dándole unas palmaditas en el dorso de la mano.
—Abuelo... —a Eliana se le enrojeció la nariz, y después de un momento, solo pudo soltar—: Los mayores no deberían trasnochar tanto.

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