Eliana observó todo con frialdad.
Al ver la vacilación de Manuel, sintió una extraña paz interior. Siempre supo que esa tal Ei-ei, a quien ni siquiera conocía en persona, era la dueña absoluta del corazón de Manuel.
Incluso cuando la vida de Eliana pendía de un hilo, él siempre tendría una prioridad mayor.
Pero Eliana entendió que no era momento de dejarse llevar por el orgullo; no podía permitir que la dejaran en manos de esos criminales. Tenía que luchar por sí misma. Así que, con voz temblorosa, le dijo:
—Manuel, sálvame. ¿No dijiste hace poco que te equivocaste y querías compensarme? Elegirme a mí es la mejor forma de hacerlo. Si me salvas, te perdonaré.
Perdonar no significaba que habría un futuro entre ellos.
—Eliana... —la voz de Manuel salió ronca, casi como un sollozo.
Él ya había tomado la firme decisión de valorarla, recuperarla y amarla.
Al ver que Manuel empezaba a dudar de nuevo, Esther lanzó su carta de triunfo:
—¡Tu querida Ei-ei está en una situación terrible ahora mismo! Te lo juro, está a punto de morir. Si me eliges, te diré dónde está y todavía llegarás a tiempo para salvarla. —La voz de Esther sonaba aguda y estridente—. Ya casi pierde la vida hace años, ¿vas a dejar que muera de nuevo?
—¿Tú... hablas en serio? —Ese golpe dio de lleno en la debilidad más grande de Manuel. No se atrevía a mirar a Eliana a los ojos, y su voz temblaba sin control.
Miró fijamente a Esther, intentando descifrar si le estaba mintiendo. Si lo hacía, él no podría soportar las consecuencias de tomar la decisión equivocada.
—¡Hablo muy en serio! Si te miento, ¡que termine pudriéndome en la basura, arrastrándome en el lodo y mendigando por las calles el resto de mi vida! —juró Esther apuntando al cielo.
Manuel sabía que no podía confiar en Esther, pero el miedo a perder a Ei-ei otra vez era un peso que no podía soportar.
—Si te atreves a engañarme, ya sabes lo que te espera —amenazó Manuel lentamente, tomando al fin una decisión.
Sin embargo, ignoró una sospecha crucial: si Esther vivía encerrada en La Finca Mirador y no tenía contacto con el exterior, ¿cómo diablos sabía la situación actual de Ei-ei?
Los cuatro secuestradores metieron a Eliana y a Esther a la fuerza en el vehículo proporcionado por Manuel. Justo en el instante en que el conductor pisó el acelerador, arrojaron a Esther por la puerta, y el coche salió derrapando a toda velocidad.
Esther rodó varias veces por el suelo, llenándose de tierra y raspones por todo el cuerpo y el rostro.
Manuel corrió inmediatamente a levantarla, ignorando por completo sus heridas y su aspecto deplorable, y le exigió a gritos:
—¡¿Dónde está Ei-ei?! ¡Habla de una vez!
Soportando el dolor, Esther miró al hombre que alguna vez había amado profundamente, obsesionado únicamente con su tal Ei-ei sin importarle el sufrimiento de ella. Una oleada de placer vengativo la invadió:
—Tu querida Ei-ei, ¿acaso no acabas de verla con tus propios ojos?

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