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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 252

—¿Qué... estás diciendo? —logró pronunciar Manuel, con una dificultad inmensa. De golpe, una terrible posibilidad cruzó su mente.

—Lo que oíste. ¡Tu adorada Ei-ei es Eliana! ¿No te lo esperabas, verdad? ¡Jajajajajajaja!

Boom.

Manuel sintió que el mundo entero se desmoronaba. Su mente se volvió un caos absoluto; un zumbido ensordecedor anuló todo a su alrededor.

El chillido agudo de Esther aún resonaba en la noche oscura:

—¡Esa pequeña zorra! ¡Cuando éramos niñas la tiré al basurero y ni así se murió! Y ahora regresó para robarme todo lo que es mío. ¡Jajajajaja!

De pronto, voces del pasado inundaron la cabeza de Manuel:

«Chico guapo, me gustas, chico guapo». Eso fue lo primero que le dijo Ei-ei al verlo.

«No lloro, no lloro». Eso le dijo Ei-ei para consolarlo después de haberse lastimado el pie. Su rostro infantil, entre lágrimas contenidas, se transformó de golpe en la imagen de Eliana cuando intentaba aguantar el llanto.

«Todos sus archivos en el orfanato fueron borrados. El responsable debe ser alguien con mucho poder». Eso le había dicho Ricardo cuando la pista de Ei-ei se esfumó.

Alguien con mucho poder en Valdemar. Aparte de la familia Guerrero, ¿quién más podría ser?

Una cicatriz en el pie. Manuel forzó su memoria intentando recordar si alguna vez había visto una cicatriz en los pies de Eliana, pero se dio cuenta con horror de que ni siquiera se había molestado en mirar sus pies con atención.

Así que el destino no había sido tan cruel con él.

La persona que tanto había buscado, a quien siempre había llevado en su corazón, estuvo a su lado todo este tiempo. Era su propia esposa.

El pecho de Manuel subía y bajaba bruscamente, como si tuviera un cuchillo hurgando dentro, destrozándole el corazón en mil pedazos.

Tomó una bocanada de aire profundo, cerró los ojos con fuerza y, al abrirlos, su mirada estaba teñida de una desesperación frenética.

—Entonces... ¿por qué no lo llaman ahora mismo y le dicen que se equivocaron, y me dejan ir? Así nos ahorramos problemas.

—Muchacha, te entiendo perfecto. Pero se nos escapó el objetivo; tenemos que llevar a alguien para que el jefe no nos corte la cabeza. Olvídate de que te vayamos a soltar.

—Oye... parece que un coche nos viene siguiendo —murmuró de pronto el conductor, mirando de reojo por el espejo retrovisor con expresión alarmada.

—¡Maldita sea! —El líder de la banda no perdió el tiempo. Se giró rápidamente para mirar y, en medio de la oscuridad, alcanzó a distinguir la silueta de un auto acercándose.

Era solo un vehículo.

Un brillo sanguinario cruzó por los ojos del líder, que tomó una decisión en fracciones de segundo:

—Es uno solo. Paren, vamos a deshacernos de él.

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