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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 263

—No me atrevo a mirar, Val. Me preparé mentalmente mil veces, pero ahora que llegó el momento, siento que no estoy lista —confesó Eliana, con la voz quebrada.

Valeria le acarició el cabello con ternura.

—Tranquila, yo lo miro por ti y te digo qué salió.

Eliana asintió, dándose la vuelta de inmediato para no mirar en esa dirección.

Valeria entró al baño y tomó la prueba. Al ver el resultado, se quedó en silencio un segundo y luego la tiró al bote de basura.

—¿Cuál es... el resultado? —preguntó Eliana con el corazón en la garganta, sintiendo cómo el silencio de su amiga la asfixiaba.

Valeria hizo una pausa y, de repente, esbozó una gran sonrisa.

—¡Amiga, no estás embarazada! ¿No te alegra? Ya no tienes que preocuparte por tomar decisiones difíciles.

Eliana levantó la cabeza de golpe, con el rostro lleno de incredulidad. Su voz salió aguda por la tensión acumulada.

—¿Es en serio? Val... ¿estás segura de que viste bien? No me estás mintiendo, ¿verdad?

—¿Cómo crees que te mentiría con algo así? —respondió Valeria, forzando una sonrisa, aunque sus ojos esquivaron los de su amiga, delatando su nerviosismo.

—Qué alivio... qué bueno que no estoy embarazada —susurró Eliana, forzando las comisuras de sus labios. Pero antes de que la sonrisa pudiera formarse del todo, gruesas lágrimas comenzaron a caer sin control, estrellándose contra el suelo.

—¿Cómo es que no lo estoy? ¿Cómo es posible? Si tenía todos los síntomas... así que de verdad no hay bebé —murmuraba Eliana, secándose las lágrimas frenéticamente, con la voz ahogada—. Debería estar feliz, ¿verdad? Ya no tengo que pensar en abortar... debería estar saltando de alegría.

Parecía intentar convencerse a sí misma, repitiéndolo una y otra vez. Pero cuanto más lo decía, más desgarrador era su llanto.

A Valeria se le partió el alma al ver su reacción. Tomó las manos heladas de su amiga y le preguntó con suavidad:

Cuando sacaron a Manuel Romano de la sala, su rostro estaba tan pálido como el papel. Los efectos de la anestesia aún no habían pasado del todo. Sin embargo, apenas cruzó las puertas, ignoró el dolor de su herida, se apoyó sobre sus codos y empezó a buscar desesperadamente a su alrededor. Al no encontrar la silueta de la mujer que amaba, una profunda decepción oscureció su mirada.

Al verlo en ese estado, a la señora Romano le hirvió la sangre por la frustración. Pero al ver a su hijo tan malherido, se tragó los reproches que tenía en la punta de la lengua. En cambio, su odio hacia Eliana se multiplicó por mil; ahora estaba convencida de que la bofetada que le había dado en el pasillo se había quedado corta para calmar su furia.

—¡Manuel, mi amor! —Esther, al verlo, no perdió la oportunidad de lanzarse a su lado, con los ojos enrojecidos, y empezó a fingir sollozos desgarradores.

Manuel la miró, y un destello de asco absoluto cruzó sus ojos.

—¿Qué demonios haces aquí?

—Manuel, yo... estaba tan preocupada por ti. Me pasé toda la noche despierta cuidándote.

Manuel ya sabía quién era su verdadera "Ei-ei". Esther ya no solo había perdido cualquier utilidad para él, sino que era la principal culpable de todos los malentendidos que lo habían separado de Eliana. Le hizo una seña rápida a los guardaespaldas. Apenas su madre se diera la vuelta, debían neutralizar y someter a esa mujer.

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