—¿Qué haces? —Eliana Lamas parecía un conejito asustado. Ante el acercamiento de César de Soto, apretó las manos con fuerza alrededor de la cintura de sus pantalones.
—Hay que poner medicina en las rodillas y las piernas también —dijo César con voz ronca.
—Yo... yo lo hago, puedo alcanzar —Eliana apartó el rostro, con las orejas tan rojas que parecían a punto de sangrar.
César no dijo nada, solo la observó en silencio.
Desde pequeña, Eliana temía que César la mirara así. Cada vez que se metía en problemas, él la observaba de esa manera, sin regañarla ni decir una palabra.
Poco después, ella se sentía culpable y terminaba confesando su error.
Pero hoy era una excepción, sentía que no había hecho nada malo. Eliana se dio ánimos mentalmente: de ninguna manera iba a ceder.
Tras unos minutos de tensión, César finalmente cedió y suavizó la voz:
—Está bien, hazlo tú misma, ¿sabes cómo?
Eliana no solo sabía, sino que era muy hábil. Después de todo, en los últimos tres años, cada vez que se enfermaba o lastimaba, ella misma se curaba. Incluso tiempo atrás, cuando su padre estaba enfermo y ella corría de un lado a otro atendiéndolo, se había acostumbrado muchísimo a todo eso.
Eliana tomó un hisopo nuevo y, con movimientos ágiles, lo empapó en el desinfectante.
Al ver lo familiarizada que estaba con esos movimientos, a César le dolió el corazón. ¿Cuántas veces se habría lastimado en el pasado para ser tan experta?
Sin embargo, Eliana detuvo sus movimientos, levantó la mirada hacia César y pidió:
—Tú... date la vuelta.
Esta vez César no bromeó con ella, obedeció, se dio la vuelta y entró directamente a la habitación.
Al ver que se alejaba, Eliana suspiró aliviada. Empezó a remangarse el pantalón y a limpiar con cuidado los moretones y raspones de sus rodillas. Luego, abrió un poco la cintura de su ropa, miró hacia abajo y, con la otra mano sosteniendo el hisopo empapado, lo introdujo con cuidado, frotando suavemente la piel de su muslo.
El raspón en la parte superior del muslo le ardía muchísimo. Quería darse prisa y terminar de aplicarse el medicamento antes de que César regresara.
—¡Ay! —Al no poder ver bien, el hisopo presionó fuerte justo sobre la herida. Eliana soltó un quejido de dolor y las lágrimas acudieron de inmediato a sus ojos.
Acto seguido, la agarró con sus grandes manos, la sentó en el sofá, le levantó las piernas para apoyarlas sobre sus propios muslos y acercó el botiquín.
Eliana intentó rechazarlo presa del pánico:
—¡Ya me puse la medicina!
—¿Ya te la pusiste? Casi te destrozas la herida —César dejó en evidencia la pequeña mentira de Eliana, con un tono burlón—. ¿Por qué tanta prisa hace un momento? No es como si no te hubiera hecho mía antes.
¿Eh? ¿Había escuchado mal? ¿Qué... qué tipo de insolencia estaba diciendo? El cerebro de Eliana se quedó en blanco por un instante.
Antes de que pudiera pensar más, el líquido frío del desinfectante tocó la parte superior de su muslo.
—No aprietes tanto, separa un poco las piernas —César, con una expresión completamente seria, seguía diciendo cosas que hacían que a cualquiera le ardiera la cara de vergüenza.
Avergonzada, Eliana separó un poco más las piernas y César por fin pudo ver con claridad.
La herida ahí no era ligera; tenía un corte sangrante de unos tres centímetros de largo. La piel de alrededor ya mostraba moretones debido a la fricción constante. Además, los movimientos bruscos de Eliana al intentar curarse habían presionado directamente la herida, causando un daño adicional, y en ese momento brotaban finas gotas de sangre a su alrededor.

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