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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 282

El ceño de César de Soto se frunció profundamente.

—¿Cómo te hiciste esto?

—Cuando el auto volcó, me corté con unos vidrios rotos —murmuró Eliana Lamas en voz baja. Aunque no era su culpa, siempre se sentía pequeñita delante de César.

La herida ya había sido tratada por un médico durante el día. Pero más tarde, durante la discusión con Manuel Romano en La Finca Mirador, se había vuelto a abrir por los forcejeos.

Esta no era una herida que pudiera tratarse simplemente con un hisopo.

César se puso unos guantes quirúrgicos transparentes y, a través del látex, sus dedos presionaron alrededor de la herida. Cada uno de sus movimientos era profesional y contenido.

Sin embargo, era precisamente ese toque tan formal lo que hacía que Eliana sintiera que el aire a su alrededor ardía. A pesar de los guantes, sentía que el calor corporal del hombre penetraba en su piel poco a poco, provocando ráfagas de electricidad que la hacían temblar.

Con la cabeza gacha y el rostro rojo como un tomate, solo podía pellizcarse las palmas de las manos para distraerse. Su cuerpo temblaba ligeramente, como si no pudiera soportar el dolor.

No sabía si César lo hacía a propósito, pero el proceso de curación fue extremadamente lento. Justo cuando Eliana estaba a punto de no soportarlo más y empujarlo, escuchó por fin una voz celestial:

—Listo.

Levantó la mirada con los ojos húmedos:

—¿De verdad ya está listo? ¿Ya pusiste todo? —No podría soportar pasar por eso otra vez.

—Sí.

—Entonces... entonces me voy —Eliana hizo el amago de levantarse para huir.

—¿Te vas? ¿A dónde? —César le agarró la muñeca, arqueando una ceja con una media sonrisa—. Lo que me prometiste... no estarás pensando en echarte atrás, ¿verdad?

Eliana enmudeció. Así que César no había olvidado eso de "dormir con él".

Su rostro se puso rojo hasta la base del cuello y tartamudeó:

—No... no lo he olvidado.

César regresó a la recámara. Al contemplarla durmiendo, todo el deseo en sus ojos se transformó en pura ternura.

Tampoco era una bestia. Eliana había pasado por tantas cosas en tan poco tiempo, ¿cómo iba a tener corazón para atormentarla más? Se conocía bien; una vez que empezara, no podría parar en tres o cinco horas. Eliana definitivamente no lo aguantaría.

Apagó la luz, levantó una esquina de la sábana, se acostó con sumo cuidado al lado de Eliana y la abrazó con suavidad.

Tal vez al sentir el calor de su cuerpo, Eliana se acurrucó contra su pecho medio dormida, aferrándose a esa fuente de calor como si temiera perderla al segundo siguiente.

César soltó otro quejido sordo. El calor que tanto le había costado reprimir en su cuerpo regresó de golpe.

—Cesi... —Quién sabe qué estaría soñando, pero Eliana se dio la vuelta y murmuró su nombre cariñosamente.

Al escucharla, la expresión de César se volvió increíblemente dulce.

Inclinó la cabeza y, con voz ronca, le preguntó:

—¿Te gusta tu Cesi?

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