César levantó la vista y lo fulminó con la mirada. A Luis se le encogió el corazón.
—¿Tú eres mi asistente o mi madre?
Luis cerró la boca de inmediato.
Al llegar a la habitación del hotel, Eliana se metió bajo la ducha y, mientras el agua caliente le golpeaba los hombros, se dio cuenta de que no había dejado de temblar.
Apoyó la frente contra los azulejos fríos, tomó una profunda bocanada de aire y se obligó a calmarse.
El celular vibró. Era un mensaje de Manuel.
[Manuel: Eliana, de la misma marca donde compramos las perlas la última vez, pedí un juego nuevo de zafiros para ti. Te lo pondré yo mismo en cuanto regreses.]
Ella dejó el teléfono boca abajo sobre el lavabo del baño.
Mientras tanto, en Valdemar, en la mansión de la familia Guerrero.
La noche había caído pesadamente, y don Octavio estaba sentado en su estudio.
El mayordomo le entregó un archivo y habló en voz baja: —Don Octavio, esto es lo que encontramos en la investigación preliminar.
—Habla.
El mayordomo empujó el documento frente al anciano: —De acuerdo con las pruebas actuales, cuando la señorita Celina abandonó a la familia Guerrero, conoció a Vicente Lamas y formaron una pareja. Vicente era profesor de la facultad de artes en la Universidad de Valdemar. Ambos tuvieron una sola hija: Eliana.
El anciano revisaba lentamente las hojas, donde estaban documentadas las vidas de Vicente y Eliana.
Sin embargo, en cuestión de segundos, la inconsistencia se hizo evidente.
—Las fechas no cuadran —don Octavio levantó la vista—. Eliana tiene veinticinco años.
Su hija, Celina Guerrero, había dejado a la familia veinte años atrás. Y cuando se marchó, no tenía hijos. Era imposible que hace veinte años ya tuviera una hija de cinco.
Al encenderse la pantalla, el chat con Eliana seguía congelado en el mensaje que él había enviado la noche anterior. Si deslizaba hacia arriba, solo se veían los mensajes que él había estado mandando sin recibir ni una sola respuesta de ella.
Frunció el ceño ligeramente. Eliana nunca había sido así.
Antes, él siempre era el centro de su universo y le respondía los mensajes al instante.
Siguió bajando por el historial de la conversación hasta llegar a los mensajes de hacía un año. Estaba lleno de detalles que ella le compartía sobre su día a día y cientos de recordatorios.
Le contaba qué nueva vela aromática había descubierto, qué estilo de arreglo floral había aprendido a hacer... Le preguntaba qué quería cenar para ir preparándolo con tiempo. Tenía anotado minuciosamente su calendario de viajes de negocios, y siempre le empacaba los artículos de aseo personal y los trajes impecablemente planchados.
Al pensar en eso, Manuel bajó la mirada hacia su propia ropa, que no se había cambiado en toda la noche, y su ceño se frunció aún más.
Su pulgar siguió deslizándose por la pantalla, repasando los mensajes que ella le había mandado. Casi podía visualizarla diciendo esas palabras, seguramente con los ojos entrecerrados en esa sonrisa dulce y serena que tanto la caracterizaba.
A veces, Eliana también hacía sus berrinches y le reclamaba que no le prestaba atención. Pero, por lo general, a Manuel le bastaba con hablarle con voz dulce y darle algún regalito para que Eliana volviera a ser la misma de siempre.

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