Estaba convencido de que esta vez no sería diferente. El collar de zafiros, por el que había hecho que su asistente desembolsara una fortuna, era mucho más costoso que cualquier otro obsequio que le hubiera dado antes.
En cuanto Eliana viera el regalo, se le pasaría el enojo.
—¿Manuel? —La voz de Esther lo arrancó de sus pensamientos.
Manuel volvió a la realidad y retomó su tono calmado habitual: —No, para nada. Ella siempre ha sido muy comprensiva. No te atormentes con eso.
Esther bajó la mirada y soltó un suave "ah". Sus dedos se aferraron silenciosamente a las sábanas.
—Menos mal —levantó el rostro, forzando una sonrisa, aunque sus ojos no mostraban ni una gota de alegría—. Temía que... que fuera a malinterpretar las cosas contigo.
—Por cierto, voy a casa a cambiarme de ropa y luego iré a reunirme con tu hermano.
Al escuchar la palabra "hermano", Esther se encogió instintivamente: —Yo no voy.
—Son familia, los rencores no duran para siempre —dijo Manuel en tono amable, pero con un deje de frustración—. No puedes pasarte la vida viviendo en hoteles, no tiene sentido.
Ricardo Garza, su hermano, seguía enfurecido por el hecho de que ella estuviera embarazada sin estar casada y, para colmo, sin querer revelar quién era el padre.
Ricardo siempre la había consentido en todo, pero jamás toleraba que cruzara ciertos límites. Cuando tenía que ser severo, no hacía excepciones, ni siquiera con ella. Apenas Esther regresó al país, Ricardo le cortó todas sus tarjetas y limitó sus movimientos.
Esther no se atrevía a volver a su casa y había terminado viviendo en hoteles por un largo tiempo. Andaba corta de dinero y su situación era bastante precaria, por lo que dependía por completo de Manuel.
Sin embargo, Esther no se sentía avergonzada por ello. Al contrario, lo celebraba, pues esto le daba la excusa perfecta para retener a su amado a su lado todo el tiempo.
Al pensar en ello, miró a Manuel. Él seguía siendo el mismo. Tierno, paciente y complaciente con ella en absolutamente todo; eso nunca había cambiado.
—¡Manuel! —Ricardo se levantó y le dio una palmada amistosa en la espalda—. Siéntate.
Las familias Garza y Romano eran íntimas desde hacía generaciones. Además, el antiguo romance entre Manuel y Esther, que casi los llevó al altar, era algo que todo el mundo de la alta sociedad conocía de sobra.
Manuel tomó asiento y fue directo al grano, omitiendo los saludos: —Llevamos mucho tiempo buscando la manera de acercarnos a César de Soto, y la oportunidad por fin se ha presentado.
Ricardo se mostró sumamente interesado: —¿El líder del Consorcio de Soto? Tengo entendido que prefiere mantener un perfil bajísimo. ¿Cómo planeas hacerlo? Cuéntame.
—Últimamente está colaborando con una exposición de arte —Manuel le mostró su teléfono—. La próxima parada es aquí, en Valdemar.
Ricardo soltó una carcajada: —Ese hombre no es cualquier persona. Medio mundo se desvive por tener contacto con él y nadie lo logra.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada