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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 34

Hasta que su mirada se topó con algo en el extremo opuesto del salón.

Eliana.

Llevaba una camisa blanca muy sobria, una falda de corte recto en un color oscuro y el cabello elegantemente recogido. En ese momento, conversaba con el personal del evento, proyectando un aura de concentración y aplomo absolutos. Para nada parecía una mujer que acababa de ser abandonada.

La sonrisa triunfal en los ojos de Esther se congeló. Jamás se imaginó encontrarse con ella en ese lugar, y mucho menos soportar verla brillar con esa actitud, como si su vida fuera perfecta.

Esther siempre había despreciado a Eliana. La consideraba una simple muchacha de clase media que, por pura suerte de parecerse a ella, había sido arrastrada a su mundo por Manuel. Eliana era solo la copia barata que la reemplazó mientras ella no estaba.

Ahora que la dueña original del trono estaba de regreso, la copia debía largarse.

En la mente de Esther, alguien como Eliana, una mujer sin recursos que vivía a la sombra de los Romano y dependía de un hombre, debía estar llorando por los rincones, completamente destrozada y sin valor para salir a la calle.

Pero ahí estaba. Y, para colmo, lucía mil veces más natural y cómoda en ese evento de la alta sociedad que la propia Esther.

Esa bofetada de realidad hizo que Esther apretara los puños con tal fuerza que se clavó las uñas en las palmas.

Manuel, distraído en su conversación, no se dio cuenta hacia dónde miraba su acompañante.

Esther bajó la vista, procesando mil estrategias a la vez. Un instante después, soltó un suave "ay".

—¿Qué pasa? —Manuel volteó a verla.

—Tengo la garganta un poco seca —dijo Esther con su tono más meloso—. Acabo de ver a alguien del servicio por allí, le pediré que me traiga un vaso de agua.

Levantó la mano y apuntó directamente hacia donde estaba Eliana.

Manuel siguió la dirección de su dedo, pero como solo le vio la espalda, no la reconoció en absoluto.

—Le pediré a alguien más que vaya —dijo él.

Esther actuó como si apenas la hubiera reconocido y soltó un ligero gritito de asombro: —¡Ah! Pero si eres tú, Eliana. Pensé que eras del servicio.

Alrededor, algunas personas ya estaban empezando a prestarles atención.

Eliana la miró fijamente y contestó con total serenidad: —Así es, estoy trabajando aquí.

En el momento en que las palabras salieron de su boca, el ceño de Manuel ya estaba tan fruncido que parecía un nudo. Clavó la mirada en Eliana, dejando escapar un tono de reproche evidente: —¿No se supone que habías vuelto a trabajar en el estudio de arte? ¿Qué haces sirviendo aquí?

Hizo una pausa, la barrió con la mirada de arriba abajo y su tono se volvió aún más duro: —¿Qué pasa? ¿Acaso el dinero que te doy no te alcanza? —Resultaba evidente que para él era una humillación total que su esposa estuviera haciendo de mesera.

—Ay, Manuel, no le hables así a Eliana, vas a herir sus sentimientos —intervino Esther en el momento justo, adoptando el rol de la mujer sensata y protectora—. Yo la entiendo perfectamente. Quiere salir a trabajar para sentir que vale algo... aunque solo sea sirviendo bebidas.

Se volvió hacia Eliana con una sonrisa desbordante de dulzura: —¿A que sí, Eliana? Te entiendo, de verdad que te entiendo.

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