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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 35

Su voz estaba cargada de una condescendencia disfrazada de amabilidad: —Eliana, tengo un poco de sed. Ya que estás trabajando aquí, ¿serías tan amable de traerme un vaso de agua?

Hizo una pausa y, como si se le acabara de ocurrir algo brillante, dio unos golpecitos casuales sobre las copas vacías que habían quedado en una mesa cercana: —Ah, y de paso, ¿te molestaría llevarte todo esto? Estoy un poco cansada y me gustaría sentarme aquí a descansar.

Eliana ni siquiera tuvo tiempo de responder.

De repente, otra voz se sumó a la conversación: —Señorita Lamas. —Era uno de los organizadores principales de la exhibición.

El hombre se acercó a paso rápido y con una actitud de evidente respeto: —El director Fabián la está buscando. Dice que necesita revisar un par de detalles con usted sobre las piezas que se van a subastar.

Ese "Señorita Lamas" dejó a todos los presentes momentáneamente desconcertados.

La sonrisa en el rostro de Esther se congeló de inmediato. Manuel se quedó paralizado, incapaz de procesarlo, y soltó por instinto: —¿Cómo... la acabas de llamar?

Fue entonces cuando el organizador se percató de quiénes estaban en la mesa. Se sorprendió por un segundo, pero rápidamente recuperó el control y adoptó una postura profesional: —Ella es la señorita Eliana Lamas, una importante colaboradora de la exposición y la responsable principal de las obras que se subastarán esta noche.

—¿Colaboradora? —Esther repitió la palabra de forma casi robótica.

El organizador asintió con firmeza: —Exactamente. Las piezas de las que se encarga la señorita Lamas son la joya de la corona de la subasta de hoy.

Eliana, finalmente, dirigió la mirada hacia Esther. Su rostro seguía imperturbable y su voz mantuvo un rigor profesional: —Señora, si desea algo de beber, tenemos una barra en aquel extremo donde puede servirse lo que guste.

Hizo una leve pausa y, como si lanzara una cortesía afilada, agregó: —Como pueden ver, hay mucho trabajo, así que los dejo para que sigan disfrutando.

Pero, al instante siguiente, pareció encendérsele el foco y señaló hacia una de las pinturas exhibidas no muy lejos de allí.

—Esa obra en particular... se ve muy especial —le dijo a Manuel con un tono vibrante—. Manuel, ¿y si compramos una nosotros también? Digo, para apoyar a estos talentos emergentes.

—Eliana, ya que tú eres la encargada, ¿podrías explicarnos un poco sobre ella?

Por supuesto, no estaba señalando al azar. Esther no daba un paso sin investigar antes.

Manuel le había contado que la misión de esa noche era aprovechar la exposición para establecer un lazo con el magnate César de Soto. Y ella había leído las noticias: ese misterioso empresario había estado comprando obsesivamente las piezas de varios artistas nuevos. Y la pintura que acababa de señalar compartía la misma línea estilística que las obras adquiridas por el Consorcio de Soto.

Además, el solo hecho de visualizar la escena le producía un enorme placer: comprar una pintura bajo el título de "los señores Romano" justo frente a las narices de Eliana. Sería una declaración de poder definitiva.

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