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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 47

En aquellos días, Esther había comenzado a sufrir de malestares por el embarazo; se sentía indispuesta y emocionalmente inestable. Manuel había pasado todo ese tiempo haciéndole compañía en su departamento, al punto de trasladar su trabajo allí.

Al atar los cabos, Manuel no lo pensó dos veces: agarró las llaves de su auto y salió a toda prisa.

En la suite del hotel donde se alojaba Esther, la luz era tenue y cálida. Ella estaba recostada en el sofá hojeando una revista. Al ver entrar a Manuel, sus ojos se iluminaron:

—¡Manuel! ¿Qué milagro que vienes a esta hora?

Pero, lejos de su habitual tono afectuoso, el hombre fue directo al grano, con voz dura:

—La notificación del tribunal sobre la mediación de divorcio... ¿tú la viste?

La sonrisa de Esther se congeló por una fracción de segundo. Rápidamente bajó la mirada, fingiendo confusión:

—¿Cuál notificación?

Manuel se le quedó viendo fijamente, sin decir una palabra.

Él conocía a Esther mejor que nadie. Era la chica que había protegido durante años; con solo verla fruncir el ceño sabía si algo le dolía. Y esa expresión... sabía perfectamente que le estaba ocultando algo.

Tras unos agónicos segundos, como si el peso de la culpa fuera insoportable, Esther murmuró con un hilo de voz:

—...Sí, la vi.

Levantó el rostro. Tenía los ojos enrojecidos, pero se contuvo de llorar para parecer más vulnerable:

—Solo... no quería que la vieras. Eliana no tiene ningún respeto por tus sentimientos. Llegar al extremo de iniciar un proceso legal a tus espaldas... ¿en qué posición te deja a ti y a la familia Romano?

Su tono se volvió quejumbroso y dulce:

—Además, me aterraba pensar en lo mal que te sentirías al leer un mensaje así.

Manuel cerró los ojos y respiró hondo.

—No tienes derecho a tomar decisiones por mí.

Esther bajó la cabeza de inmediato:

—Perdóname.

Se acercó a él despacio, con actitud sumisa:

—Es solo que te amo demasiado.

Manuel no la apartó, dejando que ella apoyara la cabeza contra su pecho.

En la sala VIP del piso superior del club más exclusivo de la ciudad, los inmensos ventanales ofrecían una vista espectacular del río que atravesaba Valdemar y de los imponentes rascacielos.

Las copas de champán sobre la mesa destellaban bajo la luz. Todo en el lugar, desde el mobiliario hasta la atención, gritaba una sola palabra: lujo.

Esther llegó primero.

Hoy llevaba un vestido de punto color crema, sobrio y elegante, con un maquillaje ligero y el cabello suelto en ondas suaves. Parecía inofensiva y pura... si no fuera por el collar de rubíes de edición limitada que descansaba en su cuello.

La puerta se abrió.

—¿Esther? —Regina Guerrero entró pisando fuerte con sus tacones de diseñador. Sus labios rojos y su actitud proyectaban un aura imponente.

El lunar bajo su ojo derecho, que debería haberle dado un toque seductor, solo acentuaba su arrogancia habitual.

Como la nieta más consentida de la influyente familia Guerrero, y tras haberse movido en el elitista círculo del arte durante años, Regina destilaba superioridad por cada poro.

—¡Regina! —Esther se puso de pie de inmediato—. Cuánto tiempo sin verte.

La mirada de Regina la recorrió durante un par de segundos, analizando todo desde el costoso collar hasta el estilo de su maquillaje, antes de sonreír:

—¿Volviste al país y ni siquiera me llamaste?

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