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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 48

Su tono llevaba un deje de burla bastante claro:

—¿No me habías dicho que volvías para recuperar al amor de tu vida?

Le lanzó a Esther una mirada cargada de intenciones:

—Por lo radiante que te ves, supongo que la cacería fue un éxito.

Como parte de la familia Guerrero, cuyo poder en Valdemar rivalizaba directamente con el de las familias Garza y Romano, Regina siempre estaba enterada de los chismes de la alta sociedad. El melodrama entre Esther y Manuel Romano nunca había sido un secreto en su círculo, y Regina conocía los detalles a la perfección.

Si Esther había regresado triunfante, la única que daba lástima era la mujer con la que Manuel se había casado.

Pero la empatía de Regina llegaba hasta ahí. Ella no solía juzgar a nadie desde un pedestal moral. Para ella, los resultados eran lo único que importaba. Los métodos o la suciedad del proceso eran simples detalles sin importancia.

Las mejillas de Esther se tiñeron de un ligero rubor y respondió con falsa modestia:

—Ay, no te burles. Las cosas van... por buen camino.

Después de ordenar, justo cuando el mesero cerró la puerta, Regina hizo girar suavemente el champán en su copa:

—Me imagino que no me invitaste solo para ponernos al día, ¿verdad?

Esther acarició el borde de su copa, calculando cada palabra:

—Regina, recuerdo que la última vez que hablamos mencionaste que estabas invitada al Concurso Nacional de Arte.

Regina alzó una ceja:

—¿Y eso? ¿De pronto te interesa el arte?

—No es para mí. Es por mi hermano y por Manuel. Últimamente han estado buscando acercarse a la familia de Soto, y resultó que el Consorcio de Soto es el patrocinador principal de tu competencia.

—¿La familia de Soto? Así que ellos son su objetivo —Regina soltó una risita despectiva—. Acercarse a César de Soto no es algo que cualquiera pueda lograr.

—Lo sé perfectamente —respondió Esther, mirándola con ojitos inocentes—. Por eso pensé en ti, amiga.

Regina la observó un par de segundos y luego estalló en una carcajada franca:

—Me enteré de que este año la competencia está brutal —comentó Esther, adoptando un tono de preocupación—. ¿No estás nerviosa?

Regina arqueó una ceja, altanera:

—¿Nerviosa yo? Los que están por encima de mi nivel los puedo contar con los dedos de una mano.

Esther puso cara de asombro absoluto:

—¡Qué seguridad! ¿Acaso ya tienes la lista de tus rivales?

—Claro que la tengo. Un par de favores aquí y allá... nada del otro mundo.

Los ojos de Esther brillaron aún más, y su tono se volvió casi servil:

—¡Guau, eres increíble! ¿Crees que podrías dejarme verla? Y de paso, ¿me explicas quién es quién? Yo estudié arte, sí, pero ya sabes que mi universidad no era la gran cosa. Y como es una competencia nacional, no conozco a nadie de este medio.

Esa actitud de sumisión total alimentó de inmediato el ego de Regina, dándole un profundo sentido de superioridad.

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