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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 80

Eliana asintió, sin mostrar ninguna emoción: —De acuerdo.

Luego se puso de pie, con movimientos firmes y decididos. —Si no hay nada más, me retiro.

Dio dos pasos, pero como si de repente recordara algo importante, se detuvo, miró sobre su hombro y añadió en un tono casual:

—Por cierto, señora. El tiempo es dinero. Cada hora que pase, la situación para el Grupo Romano será peor.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió por la puerta.

La madre de Manuel se quedó clavada en su silla, con el rostro tan oscuro que parecía a punto de estallar.

A la tarde siguiente, Eliana recibió un mensaje de su suegra.

[Mamá de Manuel: Acepto tus condiciones. Pero firmará los papeles del divorcio una vez que se complete la adquisición de la empresa.]

[Mamá de Manuel: Y por ahora, Manuel no debe enterarse de esto.]

[Eliana: Primero la firma, después hablo con la prensa.]

Eliana no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro.

Para ella, las promesas de esa familia ya no valían nada. Solo creería en la tinta sobre el papel.

Al otro lado de la pantalla, la madre de Manuel daba vueltas por la sala de su casa, apretando el celular con fuerza. Su rostro era un mapa de rabia y ansiedad.

Las exigencias de Eliana la tenían acorralada.

Pero sabía que, con el infierno mediático desatado, cada día de retraso era un desangre financiero brutal para la empresa.

Cerró los ojos, tragó saliva y tomó una decisión. Primero, llamó al abogado Peña para enterarse de todos los detalles sobre el proceso de divorcio que Eliana había iniciado. Luego, le dio instrucciones precisas sobre lo que debía hacer, exigiéndole rapidez y cero margen de error.

Al colgar, soltó un largo suspiro y marcó el número de su hijo.

Sonó dos veces antes de que él contestara.

—Manuel —dijo, forzando un tono completamente casual—, necesito que vengas a la casa principal esta noche.

—Revisa solo los primeros, con eso basta —dijo, intentando que su voz no temblara—. Lo demás es puro trámite legal; los abogados ya lo revisaron y no hay ningún problema. Solo tienes que firmar al final de cada hoja.

Manuel asintió, confiando plenamente en ella.

Pasó rápidamente las páginas, estampando su firma en la esquina inferior derecha de cada una de ellas.

Finalmente, trazó la última firma.

—Listo —dijo, cerrando la carpeta—. ¿Necesitas algo más?

En ese instante, a su madre se le helaron las puntas de los dedos.

Manuel se puso de pie, se acomodó los puños de la camisa y se dispuso a marcharse.

Justo cuando llegó a la puerta, su madre habló, como si se tratara de un detalle sin importancia:

—Por cierto, hablé con Eliana hace un rato. Ya aceptó dar una declaración pública para limpiar tu imagen.

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