Entrar Via

La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 84

—Solo que, viéndote así, si de verdad te mueres en este pasillo, yo sería la última persona en verte con vida. Cuando la policía venga a tocar mi puerta, te aseguro que no me voy a librar del problema.

Apenas terminó de hablar, y sin darle a Eliana tiempo para reaccionar, la levantó en brazos, se dio la vuelta y entró en su propio apartamento.

Mjm, su cuerpo estaba increíblemente suave.

Al bajar la mirada, los dedos de César rozaron por accidente la piel de su cuello.

Estaba hirviendo.

Efectivamente, tenía fiebre.

Frunció el ceño con severidad.

Lo sabía. Con su mano derecha en ese estado, a pesar de que en el video casi ni se notaba, era imposible que se recuperara tan rápido.

Abrió la puerta de una patada.

Eliana, por instinto, se aferró a la solapa de su camisa.

Siete años después, estaba de nuevo en los brazos de César de Soto.

Esta vez, podía sentir claramente su temperatura corporal y su característica fragancia fría.

Se quedó inmóvil contra su pecho, sin atreverse a abrir los ojos. Sus hombros temblaban levemente.

Sintió un nudo en la garganta.

Podía soportar el dolor físico. No le importaban las humillaciones de los demás. Ni siquiera le importaba Manuel o Esther.

Podía mantener la compostura frente al mundo entero y encargarse de todo con elegancia.

Pero cuando se trataba de César, nunca había podido dejar atrás el pasado por completo.

Solo se había obligado a enterrar profundamente lo que sentía por él.

Creía que si no pensaba en ello, no le afectaría. Como una herida vieja: si no la tocas, no duele.

Pero él insistía en aparecer, una y otra vez.

Sintió que los ojos le ardían, pero se contuvo con todas sus fuerzas, respirando de forma superficial.

César sintió su temblor. Y también ese aliento caliente que chocaba contra su pecho.

Tras dos segundos de silencio, esbozó una media sonrisa.

—¿Por qué cierras los ojos? ¿Tienes miedo de que te coma?

El corazón de Eliana dio un vuelco.

Parecía dispuesto a ponérselos él mismo.

—¡Yo puedo sola! —soltó Eliana por puro instinto.

—¿En el estado en el que estás? —César la miró de reojo, con un tono neutro pero cortante—. ¿Segura que puedes?

Sin esperar respuesta, ya se había agachado.

Evitando con cuidado su mano herida, le puso las pantuflas. Sus dedos rozaron accidentalmente su tobillo, y notó la alta temperatura.

Ese tobillo, levemente sonrosado, se encogió hacia atrás por reflejo.

Eliana se quedó paralizada.

Esta escena le produjo una extraña sensación de irrealidad.

Era como si hubiera vuelto muchos años atrás, cuando tenía fiebre, se sentía triste o hacía berrinches. Él siempre aparecía, sin darle opciones, y la cuidaba así.

Cuando terminó de ponerse el pijama, se sintió mucho más relajada.

El pijama y las pantuflas eran de un color rosa pastel y muy afelpados; suaves y cálidos.

Debido a la fiebre y a todo el esfuerzo, sus mejillas tenían un rubor poco saludable, lo que hacía que su pequeño rostro pareciera aún más diminuto.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada