César la miró a la cara y su mirada se detuvo un instante.
En su mente apareció un pensamiento fugaz: "Qué tierna, me dan ganas de pellizcarle las mejillas".
Rápidamente apartó la vista, actuando como si nada hubiera pasado.
Tras beber agua y tomar la medicina, el efecto de los fármacos comenzó a hacer su trabajo, y Eliana recuperó un poco de energía.
Sosteniendo el vaso entre las manos, su mirada recorrió el lugar de manera inconsciente.
La decoración del apartamento exudaba un lujo discreto, pero innegable.
Ese pequeño adorno sobre la mesa auxiliar... recordaba haberlo visto en un catálogo de subastas; su precio final tenía siete cifras.
La alfombra de lana bajo sus pies silenciaba por completo sus pasos, y era tan suave que sentía que los pies se le hundían en ella.
Probablemente, amueblar y decorar ese apartamento había costado mucho más que comprar la propiedad en sí.
Definitivamente, era el estilo de César de Soto.
Desde que eran niños, él siempre había sido así.
A pesar de que vivía en la casa de al lado, su rutina diaria parecía humilde y de bajo perfil.
Pero si uno prestaba atención, se daba cuenta. El café que bebía se pagaba por gramo y costaba fortunas. Los utensilios que usaba parecían sencillos, pero todos eran obras de artesanos reconocidos.
En aquel entonces, ella no entendía el valor de esos detalles.
Fue más tarde cuando comenzó a comprender.
Eliana bajó la mirada hacia el agua en su vaso, apretando ligeramente los dedos.
¿Por qué estaba pensando otra vez en el pasado?
Sacudió la cabeza, como si intentara expulsar esas emociones inoportunas. Dejó el vaso sobre la mesa de centro y habló en voz muy baja.
—Me voy a mi casa.
Apenas pronunció las palabras, César ya se había puesto de pie.
—No has cenado. Siéntate.
—Puedo cenar en mi casa —hizo un puchero Eliana.
—¿Vas a cocinar con una sola mano?
—Tengo sopa instantánea —replicó ella, negándose a ceder.
—Parece que la medicina te devolvió las fuerzas para llevarme la contraria —César soltó un bufido frío—. Te dije que te sentaras. No me obligues a repetirlo.
Su tono no admitía discusión.
El efecto de la medicina la fue envolviendo, calmando el dolor de su cuerpo y haciendo que su mente se relajara. Esa sensación tan olvidada de estar a salvo hizo que sus párpados pesaran cada vez más.
Para cuando César salió de la cocina con el plato humeante, ella ya se había quedado dormida.
Estaba acurrucada de lado en el sofá; su respiración era ligera y tenía el ceño ligeramente fruncido.
Él se quedó de pie, observándola durante dos segundos. Luego se acercó, se inclinó y la levantó en brazos con firmeza. Sus movimientos fueron aún más suaves que antes.
La recostó en la cama y deslizó un dedo con cuidado para suavizarle el ceño.
La cubrió con la manta y apagó la luz.
Llegó hasta la puerta, pero luego lo pensó mejor, dio media vuelta y, con decisión, le dio un buen pellizco en la mejilla.
La habitación volvió a sumirse en el silencio.
Esa noche, Eliana durmió profundamente.
A la mañana siguiente, tuvo la inusual sensación de haber descansado de verdad.
En el momento en que recuperó la conciencia, abrió los ojos por instinto y se topó con un techo completamente desconocido.
Una lámpara de cristal, una cama exageradamente grande, y una alfombra gruesa y suave.

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