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La esposa de Blackwood romance Capítulo 6

Nos separamos despacio. El sonido húmedo de nuestros labios al despegarse quedó flotando en el aire viciado del Bentley. Sebastián me miró con esos ojos grises que siempre parecían medir cada centímetro de mí.

—Así está bien —dijo con voz ronca—. No demasiado intenso.

Asentí y me limpié discretamente la comisura de la boca. Su sabor, menta, calor y algo indefinible, todavía me quemaba la lengua. Mi corazón latía demasiado rápido, aunque no quería reconocerlo. No era deseo. Era solo práctica.

Y, sin embargo, mi cuerpo no parecía entender la diferencia.

Veinte minutos después, el coche se detuvo frente a la mansión Blackwood. Piedra gris oscura, ventanas altas enmarcadas en hierro, jardines impecables incluso en pleno invierno. Todo gritaba poder, pero no calidez.

Sebastián me ofreció el brazo. Lo tomé. Su bíceps estaba tenso bajo la tela del traje.

—Recuerda la historia —murmuró sin mirarme—. Tres años. En secreto. Enamorados. Impulsivos.

Asentí. Mi mano se sentía pequeña sobre su antebrazo.

El mayordomo abrió la puerta antes de que tocáramos el timbre.

—Señor Blackwood. La familia ya está en el salón principal.

Entramos. El murmullo de voces se apagó de golpe cuando cruzamos el umbral. Seis pares de ojos se volvieron hacia nosotros.

Sebastián me guio con la mano firme en la parte baja de mi espalda.

—Chloe, te presento: mi abuelo, Arthur Blackwood.

El hombre mayor, sentado en un sillón de cuero como si fuera un trono, inclinó apenas la cabeza. Sus ojos eran del mismo gris acero que los de Sebastián, pero más antiguos, más duros.

—A mi tía Elena y su esposo Robert.

Elena se levantó con elegancia y me dio dos besos en las mejillas.

—Bienvenida, querida.

Robert me estrechó la mano con firmeza.

—Y mis primos: Ethan, Lily y Sophia.

Ethan levantó su copa de whisky con una sonrisa fácil.

—Ethan. El primo que no muerde… mucho.

Lily soltó un gritito alegre, corrió hacia Sebastián y lo abrazó con fuerza.

—¡Primo Seb! ¡Al fin! —Luego me abrazó a mí también, efusiva—. Soy Lily.

Sophia se acercó con más calma y solo sonrió.

Intenté grabarme los nombres y las caras en segundos. Abuelo. Tía. Tío. Tres primos. Una familia que parecía medir cada gesto.

Sebastián me llevó hasta la mesa.

—Y ahora, sentémonos.

La cena empezó con conversaciones ligeras: el clima, los negocios, la fusión con la empresa japonesa. Sebastián respondía con precisión quirúrgica. Yo asentía, sonreía cuando tocaba, contestaba lo justo.

Hasta que Arthur dejó los cubiertos con un clic deliberado.

—Sebastián —dijo, clavando la mirada en su nieto—, sigo sin entenderlo. Tres años escondidos, un matrimonio repentino… ¿Tan enamorado estás? ¿O es que por fin te decidiste a cumplir con el testamento antes de que te quedes sin herencia?

Sebastián mantuvo la expresión impasible.

—Falta casi un año para mis veintinueve, abuelo. No seas ridículo.

Arthur sonrió, una sonrisa fina y cruel.

—No soy ridículo. Soy realista. Tu padre también era “enamorado” cuando se casó. Y mira cómo terminó: arrastrando el nombre Blackwood por el fango, dejando deudas, vergüenza y un hijo que tuvo que recoger los pedazos.

Las palabras cayeron como un latigazo.

Vi cómo la mandíbula de Sebastián se tensaba. Solo un instante, pero lo vi. Los músculos de su cuello se marcaron bajo la piel. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa, los nudillos blancos. No dijo nada, pero supe que le dolía. Le dolía profundamente.

Arthur no se detuvo. Giró la mirada hacia mí.

—Y tú, Chloe… ¿qué te hace pensar que puedes entrar aquí y que todos creamos que eres algo más que una conveniencia? Una chica que aparece justo cuando mi nieto necesita una esposa para salvar su fortuna.

El silencio fue asfixiante. Lily abrió la boca, pero no emitió sonido. Elena bajó la vista.

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