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La esposa de Blackwood romance Capítulo 70

Me quedé sentada en el taburete, con la taza entre las manos, mirando cómo el vapor subía en espirales lentas hasta disolverse en el aire. La ciudad allá abajo ya estaba en plena marcha: coches como hormigas brillantes, peatones apresurados con abrigos oscuros, el sol todavía tímido asomando entre los edificios altos. Pero dentro del ático todo parecía suspendido, como si el tiempo se hubiera olvidado de avanzar.

Oí sus pasos de nuevo, esta vez más firmes, ya calzados. Cuando entró en la cocina, ya estaba vestido: camisa blanca impecable con los dos primeros botones desabrochados, pantalón de traje gris oscuro, el pelo todavía húmedo peinado hacia atrás con los dedos. Olía a aftershave fresco y a esa colonia que siempre usaba cuando tenía reuniones importantes. Se había transformado en menos de diez minutos del hombre que acababa de salir de la ducha al ejecutivo que controlaba medio imperio inmobiliario de la ciudad.

Tomí su taza de café, y se sentó frente a mí, al otro lado de la isla. Me miró por encima del borde de la taza mientras daba el primer sorbo.

—¿Mejor? —preguntó, con esa media sonrisa que ya conocía tan bien.

Asentí, aunque el calor en mis mejillas no había desaparecido del todo.

—Mucho mejor. Gracias por el café programado. Eres un peligro cuando quieres.

Él rio bajito, dejó la taza en la encimera y estiró la mano para rozarme los dedos con los suyos.

—No soy un peligro. Solo… me gusta verte reaccionar.

Retiré la mano despacio, más por instinto que por rechazo, y me crucé de brazos.

—Pues hoy casi me matas de un infarto antes de las ocho de la mañana.

—Exagerada —dijo, pero sus ojos brillaban divertidos—. Además, te ves preciosa cuando huyes.

No supe qué contestar. Solo bajé la mirada a mi taza y tomé otro sorbo. El silencio que siguió fue cómodo, de esos que no necesitan llenarse con palabras. Él consultó el móvil un segundo, frunció el ceño leve ante algún correo, y luego lo dejó boca abajo.

El silencio en la cocina se estiró un poco más, hasta que Sebastián se levantó, dejó la taza vacía en el fregadero y me tendió la mano.

—Vamos. Llegamos juntos hoy.

Asentí. Siempre íbamos juntos los lunes; era más fácil coordinar así, y además, nadie en la oficina se extrañaba de verme bajar del mismo coche que el jefe. Al fin y al cabo, era su secretaria ejecutiva. La que llegaba puntual, la que sabía exactamente dónde tenía la agenda cada minuto del día.

Bajamos en el ascensor privado. Él me rozó la espalda con la palma abierta mientras descendíamos, un gesto pequeño pero constante, como si necesitara recordarme que estaba ahí. Cuando las puertas se abrieron en el garaje subterráneo, el Mercedes negro ya esperaba con el motor encendido. El chófer —Javier, siempre discreto— nos abrió la puerta trasera sin decir nada.

Entramos. El cuero estaba frío. Sebastián se sentó a mi lado, estiró las piernas y sacó una caja rectangular del maletín que llevaba consigo. La dejó sobre mis rodillas sin preámbulo.

—Ábrela.

Miré la caja, era negra mate, logo de Apple en plateado discreto. Demasiado grande para ser solo un iPad.

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