Los días se arrastraban, cada uno más pesado que el anterior. Bianca vivía a diario bajo el gélido manto de la ignorancia de su madre, Vivian, quien rara vez le dirigía la palabra, salvo para un reproche velado. Su padre, Bruno, aunque menos brusco, mantenía una distancia abismal, una frialdad que dolía más que cualquier grito.
Por eso, cuando un día lo vio frente a ella, mirándola a los ojos y dirigiéndole un saludo, Bianca se aturdió por un segundo. La voz de su padre era grave, inusual.
—Bianca —emitió Bruno, su tono neutro pero firme—. Necesito hablar contigo. Te espero en la sala. —Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y desapareció.
Llena de una creciente desconfianza, Bianca se dirigió lentamente a la sala, cada paso una carga pesada. Al entrar, notó que su padre tenía compañía. Allí estaba Vivian, sentada en el sofá, su postura rígida y su rostro contraído, irradiando un palpable enojo. Bianca se sentó también, sus movimientos lentos y precavidos, como si cada articulación le doliera.
—¿Por qué querían verme? —quiso saber, su voz apenas un susurro.
Bruno tomó aire, el peso del momento visible en sus hombros.
—Debido a la muerte repentina de Aitana, todo cambió. Pero hay algo que no cambia, Bianca: la deuda que tenemos con esa familia. Hemos hablado con los padres de Eric, y George, al igual que su esposa Jackeline, han dado su aprobación para que se lleve a cabo tu matrimonio con Eric.
El mundo de Bianca se detuvo. Un desenlace así era inimaginable, absurdo. No había pasado ni un mes desde la muerte de Aitana, y ya la estaban colocando como un simple reemplazo, una sustituta para llenar un vacío, para saldar una cuenta. El pánico la invadió. Su cuerpo tembló incontrolablemente, y sus nervios se dispararon. Negó con la cabeza, una y otra vez.
—No puedo casarme con Eric —las palabras salieron a duras penas—. ¿Por qué me casaría con el prometido de Aitana? ¡No haré eso!
Vivian la miró de forma amenazante, sus ojos inyectados de rabia.
—¿Ahora te preocupa que haya sido el prometido de tu hermana? —espetó Vivian, su voz un látigo—. ¿Crees que no sé que siempre te ha gustado Eric? Siempre lo has mirado con esos ojitos de borrego, ¿verdad?
Un silencio tenso llenó la sala. Bruno se aclaró la garganta, incómodo, intentando retomar el control de la conversación.
—Hija, esto es por el bien de todos. El negocio familiar ya no puede salvarse con nuestras propias fuerzas. Pero al menos, podré recuperar algo de lo que hemos perdido si te casas con Eric. Hazlo, por favor. Es nuestra última esperanza.
Vivian resopló, impaciente, despectiva.
—Deja de pedírselo con amabilidad, Bruno. Después de todo, es lo mínimo que puede hacer para reparar el daño que nos ha hecho —acusó, su mirada clavándose en la temblorosa y nerviosa Bianca—. Y deja de hacerte la tonta. Deberías estar contenta de conseguir lo que siempre has querido. ¿O me vas a negar que el apellido Harrington no era tu ambición secreta?
Tal vez su madre, siempre tan observadora a pesar de su frialdad, siempre tan perceptiva a las verdaderas intenciones, se había dado cuenta de los sentimientos ocultos de su hija por el prometido de Aitana. Una verdad que Bianca había guardado celosamente en lo más profundo de su corazón.
Bianca apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas. La idea de casarse con Eric, era insoportable. No importaba que su propia hermana le hubiera admitido en vida que no sentía nada por ese hombre, que el compromiso con Eric no era más que un arreglo de negocios, un amor que ella no podía corresponder. De todos modos, Bianca se sentía terriblemente mal de tener que ocupar su lugar, de convertirse en la sombra de Aitana.
—No seré la esposa de ese hombre —soltó, intentando sonar firme, aunque su voz apenas era un hilo.


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