La noticia del embarazo de Bianca se esparció como un incendio forestal, llegando primero a Vivian. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta del lujoso piso se abriera de golpe, revelando la figura furiosa de su madre, Bruno pisándole los talones, con un semblante de angustia. Bianca estaba de pie en la sala, el miedo un nudo frío en su estómago, cuando Vivian la vio.
—¡Tú! ¡Pura vergüenza! —gritó Vivian, y antes de que Bianca pudiera reaccionar, una bofetada resonó en el silencio del apartamento. El impacto hizo girar la cabeza de Bianca, y el escozor en su mejilla palideció ante el ardor de la humillación. —¡Zorra! ¡Cualquiera! ¡Arruinando lo poco que nos quedaba de dignidad!
Justo en ese momento, como si el destino se complaciera en el drama, el timbre de la entrada sonó con insistencia. La puerta se abrió, y George y Jackeline Harrington entraron, sus rostros impasibles, pero con una expectación fría en sus ojos. Eric había debido informarles. Habían venido a corroborar la humillante verdad.
La vergüenza abrasó a Bianca, mezclándose con una rabia impotente. ¿Cómo podían juzgarla así, sin saber nada, sin querer escuchar? Con lágrimas resbalando por sus mejillas, se arrodilló lentamente.
—Lo siento tanto... lo siento —murmuró, sus palabras ahogadas por los sollozos. Se veía patética, arrastrándose por un perdón que sabía que nunca llegaría.
Eric, que había observado la escena con una frialdad perturbadora, finalmente habló, su voz gélida.
—Ya basta de este circo. —Se dirigió a sus padres, la voz clara y cortante—. No quiero volver a verla. Lo que haya hecho no me afecta emocionalmente, pues nunca la quise, eso lo saben. Pero si esto se sabe, manchará mi nombre y el de la familia.
Vivian y Bruno, con el rostro descompuesto, intentaron interceder, desesperados por no perder la ayuda financiera que los Harrington les habían extendido a través de ese matrimonio forzado.
—George, por favor... —suplicó Vivian, las lágrimas brotando de sus propios ojos—. No podemos perder su apoyo. Aitana... ella querría...
George Harrington levantó una mano, silenciándolos.
—La deuda será saldada, Bruno. Esa fue nuestra palabra. Pero la casa que se les dio, y cualquier otro beneficio futuro, queda anulado. Ya no tienen lazos con esta familia más allá de ese compromiso cumplido. Deben abandonar la propiedad.
Las palabras de George golpearon a Vivian y Bruno. Los rostros de sus padres se desfiguraron con la desesperación, la incredulidad. En medio de aquel desastre, Bianca permanecía en el suelo, callada, como si cada acusación, cada juicio, fuera una prueba irrefutable de su culpabilidad.
De pronto, Eric la tomó del brazo con una brusquedad que la hizo jadear. La levantó del suelo y la arrastró hacia la habitación, sin importarle la presencia de sus padres ni la mirada de los suyos.
—Haz tus maletas —ordenó, su voz baja y cargada de una ira controlada—. Cuanto antes, mejor. No te quiero un minuto más en este piso.
El dolor la atravesó, un puñal que se retorcía en su corazón. Sin decir una palabra, Bianca se dirigió al armario. Sus manos temblaban mientras metía unas pocas prendas en una pequeña maleta. No había mucho que pudiera llevarse. Más que posesiones, solo acumulaba cargas y dolor.
Eric la observaba desde el umbral, sus ojos azules como témpanos. Ella no sabía a dónde ir, ni cómo sobreviviría sola. Pero salir de ese infierno para enfrentarse a algo peor, era una incertidumbre desoladora, parecía su único destino. No habría nadie que la salvara.
Ni siquiera su arruinada familia, que ahora la había desterrado por completo.


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