Vivían en el lujoso piso de Eric en una de las torres más exclusivas de New York, un espacio inmenso y frío que se sentía más como una prisión que un hogar.
Sus encuentros se limitaban a los desayunos formales, donde Eric evitaba siquiera sentarse cerca de ella, un fantasma impoluto que desayunaba en silencio antes de desaparecer hacia la cumbre de su imperio.
Bianca pasaba las horas encerrada, su única compañía el eco de sus propios pasos por los pulcros suelos de mármol. Tenía prohibido salir, una orden no dicha pero entendida. Las ventanas gigantes ofrecían vistas espectaculares de la ciudad, pero ella se sentía más atrapada que nunca.
Esa mañana, el ritual se repitió. Eric terminó su café, se levantó sin dirigirle una mirada y salió del comedor, el sonido de sus pasos firmes alejándose hasta que la puerta principal se cerró con un suave "clic". Bianca se quedó sola, con su desayuno intacto y un vacío opresivo en el estómago. La cabeza le empezó a dar vueltas, y una ola de náuseas la golpeó con fuerza.
Intentó levantarse para ir al baño, pero sus piernas flaquearon. La visión se le nubló, y el mundo giró a su alrededor en un torbellino vertiginoso. Un zumbido ensordecedor llenó sus oídos. Sus rodillas cedieron, y la última imagen que sus ojos captaron antes de la oscuridad total fue el suelo reluciente.
El "clic" de la puerta se repitió. Eric, que había olvidado unos documentos cruciales para una junta matutina, regresó al apartamento con una impaciencia inusual. Entró en el comedor y se detuvo en seco. Su mirada se posó en la figura desplomada de Bianca en el suelo, pálida y aparentemente inerte. Por un instante, la gélida máscara de indiferencia se quebró, dejando ver una chispa de alarma.
Se acercó a ella con rapidez inusitada. Se arrodilló, y su mano, que siempre la había rechazado, se posó en su frente. Estaba fría.
—¡Bianca! —llamó, su voz más alta de lo normal, con un tono de urgencia que no le había escuchado desde el accidente.
La tomó en brazos, sintiendo su ligereza, y la llevó a toda prisa hacia el ascensor. Los guardias, sorprendidos, abrieron paso mientras Eric la sostenía con una inquietud que desconocía.
El trayecto al hospital fue un rápido.
El frío de la camilla del hospital despertó a Bianca. La luz blanca y estéril la cegó por un momento. Sintió una punzada en el brazo donde le habían puesto una vía. Junto a ella, un médico de rostro amable le hablaba con voz tranquila.
—Señora Harrington, se encuentra bien. Solo necesita descansar y comer mejor. ¿Ha tenido náuseas matutinas?
Bianca frunció el ceño. ¿Náuseas matutinas? No había pensado en eso.
Fue entonces cuando la voz de Eric resonó desde el fondo de la habitación, cortante como un témpano.
—¿Náuseas matutinas, doctor? —la ironía goteaba de cada palabra—. ¿Acaso no es obvio? Explíqueselo de una vez, ya que ella parece demasiado ingenua para entender lo que le sucede a su propio cuerpo.
El médico, algo incómodo, miró a Eric y luego a Bianca.


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