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La Esposa Despreciada por el Ceo: Tendrá Mellizos romance Capítulo 3

El día de la boda, casi dos semanas después había llegado.

En el suntuoso vestidor Bianca se miraba en el espejo. El vestido blanco, inmaculado y costoso, parecía una burla cruel a la pureza que representaba. Sus ojos, enmarcados por las lágrimas contenidas, eran charcos de desesperación. El nudo en su garganta no era de emoción nupcial, sino de terror. Estaba a punto de casarse con el hombre que amaba en secreto y que ahora la despreciaba más que a nadie.

Estaba a punto de convertirse en la sustituta de su hermana.

De pronto, una figura se reflejó en el espejo detrás de ella. Bianca contuvo el aliento, el corazón latiéndole con fiereza. Era él. Eric Harrington. Vestido impecablemente con un chaqué oscuro, su presencia era imponente, casi abrumadora. Sus ojos, témpanos de hielo azul, se posaron en ella a través del reflejo, y una onda de frío le recorrió la nuca, erizándole la piel de pies a cabeza.

—Eric —pronunció Bianca, su voz apenas un suspiro de aire atrapado.

Él se movió con una lentitud deliberada, posicionándose directamente detrás de ella. Bianca casi murió del susto. Sintió su olor —su perfume caro y amaderado— envolviéndola, su imponente estatura proyectando una sombra sobre ella. El imperioso latido de su corazón se detuvo por completo cuando sintió el aliento frío de Eric rozar el lóbulo de su oreja.

—Jamás podrás ser como ella, Bianca —susurró, su voz baja y cargada de una crueldad calculada—. No te tocaré, no te consideraré nadie. Te recordaré cada día por qué debiste ser tú y no ella.

Bianca tembló incontrolablemente mientras Eric acababa de pronunciar esas palabras. Su mente se negaba a procesar la magnitud de su tormento. Con una actuada delicadeza que le provocó escalofríos, Eric extendió una mano y le puso un colgante alrededor del cuello. Era una rosa de oro, intrincadamente diseñada, pero con espinas que parecían sobresalir amenazadoramente. El simbolismo era brutalmente claro.

Ella se volvió hacia él, sus cuerpos quedando a una distancia peligrosamente cercana, sus miradas atrapadas. El aire entre ellos vibraba con una tensión eléctrica.

—Nunca quise ser tu esposa —rugió Bianca entre dientes, su voz apenas audible, pero cargada de una furia desesperada.

Eric se inclinó aún más hacia ella, su rostro a centímetros del suyo, su mirada recorriendo sus ojos suplicantes hasta detenerse en sus labios temblorosos, como si quisiera deleitarse con su vulnerabilidad.

—Entonces, ¿por qué evitas mi mirada? —susurró, una burla cruel danzando en sus ojos—. ¿Por qué te cuesta tanto hablar delante de mí? Siempre has sido así, Bianca. Una tonta.

Las ganas de llorar la invadieron, un torrente que amenazaba con arruinar el elaborado maquillaje. Bianca apretó los puños y se contuvo, su rostro se endureció en una máscara de desafío vacío. No le daría la satisfacción de verla rota. No le daría el placer de arruinar su "gran día".

Eric soltó una risa seca, desprovista de humor, y abandonó el lugar sin decir una palabra más, dejando a Bianca sola con el eco de sus crueles palabras. Bianca observó el colgante en su pecho, la rosa con espinas. ¿Por qué le había dado algo tan cargado de simbolismo, algo que gritaba su desprecio?

La ceremonia se llevó a cabo en un salón grandioso, abarrotado de personas que parecían ajenas a la farsa que se desarrollaba. Bianca caminó por el largo pasillo, colgada del brazo de su padre Bruno, quien, por primera vez en semanas, parecía cumplir con su papel, aunque su agarre era formal, no afectuoso. Al final del camino, Eric la esperaba, su rostro una máscara impenetrable de fría elegancia.

Cuando su padre entregó su mano a Eric, él la tomó con una delicadeza falsa, una caricia calculada que prometía tormento. Dijeron sus votos —palabras huecas, promesas vacías— ante la mirada de todos. El oficiante los declaró marido y mujer, y un estruendo de aplausos llenó el lugar, un coro de felicitaciones que se sintió como una burla. Bianca se sintió un poco mareada, un vértigo que atribuyó al hecho de no haber comido nada en todo el día, la ansiedad devorándole el apetito.

De pronto, Eric se inclinó hacia ella, su aliento cálido contra su oído, pero sus palabras eran hielo puro.

—Te arrepentirás de haber dado el "sí", impostora —susurró, su voz tan baja que solo ella pudo escucharla, pero cargada con una dosis letal de desprecio.

El desprecio era evidente en cada fibra de su ser, en cada músculo tenso de su mandíbula. Y aun así, delante de todos, Bianca debía fingir que todo estaba bien, que era la novia feliz y dichosa. Una sonrisa se formó en sus labios, una mueca vacía que solo adolecía su alma, una promesa de un infierno personal que acababa de comenzar.

El banquete de bodas fue una farsa interminable. Bianca mantuvo la sonrisa fija en su rostro, una mueca dolorosa que solo ella sentía. Eric, a su lado, era una estatua de mármol, inexpresivo, apenas dirigiéndole una mirada. Los brindis, los bailes, las felicitaciones: todo se sentía distante, irreal, como si estuviera observando una obra de teatro donde ella era la protagonista forzada. La fatiga la consumía, un cansancio que iba más allá del físico.

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