Selena, desesperada, sintió cómo el rostro se le encendía.
—Adrián, cuando te divorcies, tu nueva pareja te dará más hijos. Por favor, déjame a Fer.
—Jamás —sentenció él—. Es un Rojas. No olvides el acuerdo prenupcial.
La mención del acuerdo fue como un golpe en el estómago. Miró a su hijo, tan pequeño e inocente, acurrucado en los brazos de su padre, y sintió un dolor sordo y profundo en el pecho. Incapaz de soportar tanta crueldad, se dio la vuelta y subió las escaleras sin decir una palabra más.
Esa noche, después de bañarse, se acostó en la cama, abatida. Su hijo dormía plácidamente en la cuna junto a ella, ajeno a todo. La suave luz de la lámpara iluminaba su rostro angelical. El corazón de Selena oscilaba entre la firmeza de su decisión y una ternura que la desarmaba. Él era lo único que le quedaba, el único lazo de sangre en este mundo. La idea de abandonarlo era insoportable.
Mientras se debatía en su tristeza, la puerta se abrió. Adrián, recién salido de la ducha y envuelto en una bata de baño gris, entró en la habitación. El cinturón, atado con descuido, dejaba entrever un pecho musculoso que irradiaba una masculinidad imponente. Sin decir nada, levantó las sábanas y se deslizó en la cama detrás de ella. Su mano rodeó su cintura y la atrajo hacia él, pegando su espalda a su pecho.
—Adrián, ¿qué haces? ¡Suéltame! —exclamó ella, sorprendida y avergonzada, tratando de liberarse.
Pero los labios de él ya estaban en su nuca, explorando la piel perfumada por el jabón. El aroma dulce y fresco era una invitación a la que él rara vez se resistía.
—Ya, Selena, no peleemos más, ¿quieres? —susurró, mientras su mano ascendía desde su vientre—. Tenemos a Fer, y él necesita que su madre esté aquí para él. Ahora que has renunciado, puedes dedicarte a cuidar de la casa…
Su voz profunda y sus caricias estaban a punto de doblegarla. Cuando sintió su aliento cerca de su oreja, una fuerza desconocida la invadió. Se giró bruscamente y lo empujó con todas sus fuerzas. Adrián, tomado por sorpresa, casi cae de la cama. Logró mantenerse en equilibrio a duras penas, pero su rostro reflejaba una furia contenida.
—¿Vas a seguir con este numerito? —gruñó, poniéndose de pie.
Selena se levantó también, tomó una almohada y se dirigió a la puerta. Adrián la interceptó en el pasillo, bloqueándole el paso con su brazo.
—Selena, últimamente te estás pasando de la raya. ¿Se te ha olvidado que eres mi esposa?
—Quítate de en medio —ordenó ella, con la mirada fría. No pensaba compartir la cama con un hombre que olía a otra.
Adrián observó su expresión, dura y decidida, y soltó una risa seca y despectiva. Esa noche, abandonó la casa.
Selena regresó a la habitación y se sentó al borde de la cama, mirando a su hijo. Se sentía perdida. ¿Cómo iba a conseguir su custodia? La familia Rojas era poderosa, una de las más ricas de Nueva Palma, y el acuerdo prenupcial era una fortaleza inexpugnable. Las probabilidades estaban en su contra.
...
A la mañana siguiente, después de dejar a Fer en la guardería, condujo hasta el pequeño edificio del laboratorio que le habían dejado sus padres. Rodeado de modernos rascacielos, el lugar, ubicado en el límite con el casco antiguo, parecía un vestigio de otra época. Se rumoreaba que pronto sería demolido para dar paso a nuevos proyectos. Sacó su celular y comenzó a tomar fotos. Si no podía conservarlo, al menos tendría los recuerdos.
—¿Tu padre es…?
—Me apellido Castañeda. Leandro Castañeda. Mi padre es Fabián Castañeda.
—¿El señor Castañeda? —exclamó Selena, con el rostro iluminado por la sorpresa—. ¿Eres el hijo del señor Castañeda? Nunca supe que tuviera un hijo.
Una sombra de amargura cruzó el rostro de Leandro.
—Se divorció de mi madre cuando yo era muy pequeño.
—Oh, lo siento —se disculpó ella.
—¿Conocías a mi padre? —preguntó él, observándola con curiosidad.
—No solo lo conocía, éramos muy cercanos.
Un recuerdo fugaz vino a la mente de Leandro: una vieja fotografía de su padre de la mano de una niña con dos coletas. Comparó el rostro de la niña con el de la mujer que tenía delante. Había un aire familiar en su mirada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Esposa Invisible que Dejaste Ir