Si ella tuviera tan solo la mitad de la sensatez de Jazmín, él no estaría hablando de divorcio a cada momento.
Jazmín se quedó perpleja y, de repente, sus mejillas se sonrojaron.
—Adrián, no digas eso —murmuró—. Somos amigos, pero ella es tu esposa.
Adrián frunció el ceño con fastidio.
—Sigan esforzándose. En cuanto a Selena... no le pediré que vuelva. Encontraré otra manera de que se una a la investigación.
Dicho esto, Adrián se perdió en la oscuridad de la noche, alejándose del edificio del laboratorio.
Jazmín observó su figura alta y atractiva, con una mezcla de envidia y ansiedad. La idea de que él volviera a casa tan tarde y pudiera estar susurrándole palabras dulces al oído a Selena le revolvía el estómago. Las uñas se le clavaron en la palma de la mano. No podía soportarlo. En esa noche fría y profunda, ella también anhelaba el calor de sus brazos.
...
A la mañana siguiente, Selena se levantó temprano y salió a correr con su hijo por el jardín antes de desayunar. Adrián, que no había vuelto en toda la noche, llegó en su carro justo en ese momento.
—¡Papá! —gritó Fer, corriendo hacia él.
Adrián abrió la puerta, se agachó, levantó a su hijo en brazos y dio una vuelta con él.
—¿Ya desayunaste?
—No, estaba corriendo con mamá —respondió Fer, feliz.
Selena, vestida con un conjunto deportivo de color beige, se acercó caminando lentamente. Al pasar junto a Adrián, a pesar de la distancia, percibió un leve aroma a perfume de rosas. Odiaba esa fragancia.
—Selena... —la llamó Adrián, al ver que pasaba de largo sin decir una palabra.
Ella se detuvo a un par de metros de distancia.
—Lo único que me importa es cuándo tendrás listo el medicamento —replicó él con un bufido—. El resto me da igual.
Selena no le creyó ni una palabra. La familia Torres llevaba años infiltrando espías a su alrededor con la intención de apoderarse de los valiosos apuntes de sus padres. Ahora que trabajaba en el Laboratorio SemillaViva, donde no podían infiltrarse, seguramente estarían buscando otras formas de conseguirlos. Anoche, Jazmín y Adrián debieron haber pasado la noche juntos, y ella le habría susurrado al oído para que él le sacara el tema de los apuntes de sus padres por la mañana.
Al pensar en ello, Selena sintió una profunda desolación. La persona que dormía a su lado ya no era de fiar. Solo podía contar consigo misma.
Se dio la vuelta y entró en la sala. La imagen de su espalda, fría y decidida, ensombreció el rostro de Adrián.
Miró al adorable niño que tenía en brazos y, de repente, se arrepintió de aquella noche de pasión. Si hubiera sabido que ella era tan fría, no habrían tenido a ese hijo.
—Papá, pica... —dijo Fer, extendiendo su manita para tocarle la barba.
Adrián le sujetó la manita traviesa y se la llevó a los labios para darle un beso. Una punzada de dolor se reflejó en sus ojos.
Después de desayunar, Selena llevó a Fer al colegio. El pequeño adoraba ir. Luego, ella condujo hasta el hospital militar, donde Yago le había preparado un laboratorio.

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