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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 12

Selena se dio la vuelta para marcharse, pero una mano fuerte la sujetó del brazo y un cuerpo musculoso la aprisionó contra la pared. Adrián, imponente, se inclinó sobre ella. El reflejo en el cristal de la estantería devolvía una imagen cargada de tensión.

—Adrián, ¿qué demonios haces? —forcejeó ella.

Él, embriagado por el aroma dulce de su piel, intentó besarla.

—Últimamente estás muy irritable, Selena. ¿Será que tienes a alguien más por ahí?

La acusación fue la gota que colmó el vaso. La rabia que había estado conteniendo explotó.

—¡Estás loco, Adrián! —gritó, luchando con más fuerza.

La paciencia de Adrián se agotó. La soltó, solo para volver a acorralarla contra la puerta, mirándola desde arriba.

—Si no es que ya has comido fuera, ¿cómo explicas que lleves casi un año sin tener hambre?

El rostro de Selena se encendió de ira y humillación. Él era quien se paseaba con Jazmín, y ahora tenía el descaro de acusarla a ella. ¿Acaso intentaba limpiar la imagen de su amante a costa de la suya?

—¡Suéltame, Adrián! —siseó, y sin pensarlo dos veces, le mordió la mano con fuerza.

El dolor hizo que él la liberara. Una marca de dientes perfecta quedó grabada en su piel. Selena, furiosa, corrió a su habitación y cerró la puerta con llave.

Estaba claro: este matrimonio no podía continuar ni un día más.

...

Al día siguiente, era fin de semana y la ciudad, con el Año Nuevo a la vuelta de la esquina, bullía de actividad. Selena había quedado a comer con su amiga Cecilia. Aunque aparentemente despreocupada, Cecilia estaba empezando a tomar las riendas del negocio familiar.

—Amiga, tengo una noticia buena y una mala. ¿Cuál quieres primero? —le preguntó Cecilia en cuanto se sentaron.

—La buena, por supuesto.

—¡Conocí a un cirujano guapísimo y exitoso en una cita a ciegas! Creo que me estoy enamorando —anunció Cecilia.

—¡Qué bien! ¡Felicidades! Ya era hora de que encontraras a alguien que valiera la pena —la felicitó Selena sinceramente.

—Ahora la mala —continuó Cecilia, bajando la voz—. Logré agregar a la zorra de Jazmín a WhatsApp. Anoche subió una foto a sus estados presumiendo un collar de edición limitada. Y adivina qué manita regordeta estaba jugando con el dije.

Cecilia agarró la mano de Fer.

—¿Fue esta?

El pequeño la miró asustado y empezó a hacer pucheros. Selena le quitó la mano y la acarició con ternura.

—Ya no me interesan sus estupideces —dijo con calma.

...

Después de comer, Selena y Cecilia se fueron de compras.

—Amiga, de verdad que no pareces la esposa de un millonario —comentó Cecilia, recordando cómo la dependienta había mirado a Selena con desdén—. ¿Sabes la vida que se dan las mujeres de tu posición?

—Pocos saben que estoy casada con Adrián —respondió Selena con una sonrisa.

—¡Pero eso no es excusa para vestir así! Ya conoces a los Rojas. Tu suegra, la abuela, tu cuñada... todas visten de alta costura, con diseñadores que van a su casa a mostrarles las colecciones. Y tú, aquí, comprando en tiendas departamentales.

—Nunca me ha importado mucho la ropa. Prefiero dedicar mi tiempo a la investigación.

—Lo sé, pero también tienes que disfrutar de la vida. Si no gastas su dinero, otra lo hará por ti.

Las palabras de Cecilia resonaron en la mente de Selena. ¿Sería por eso? ¿Porque no era una mujer derrochadora, Adrián gastaba su dinero en otra? Una oleada de resentimiento la invadió. Esa tarde, compró sin control, gastando una pequeña fortuna con la tarjeta de crédito.

...

Cuando llegó a casa por la noche, Adrián estaba en el sofá, viendo las noticias. Al oír el ruido del carro, salió y sacó a Fer del asiento trasero. Selena abrió la cajuela y comenzó a meter las bolsas de compras en la casa.

—¿Qué me compraste? —preguntó Adrián.

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