Leandro sintió un escalofrío. ¿Cuánta desesperación se necesitaba para decir algo así?
El silencio volvió a apoderarse del carro.
Al llegar a la casa, Selena se despidió y subió con su hijo en brazos. Media hora después, se escuchó el sonido de un motor apagándose abajo. Selena, que acababa de ducharse y se dirigía al estudio, frunció el ceño.
Adrián subió las escaleras con el saco en la mano. El personal de servicio se acercó, pero él les dijo que se fueran a descansar. En el segundo piso, entró en el cuarto de invitados y vio a su hijo dormir profundamente. Sin hacer ruido, se fue a su habitación.
A las once, Selena salió del estudio. En el pasillo, se encontró con Adrián, que salía del suyo. Llevaba solo una toalla alrededor de la cintura; acababa de ducharse. En la penumbra, su cuerpo, alto y musculoso, desprendía un magnetismo animal.
Selena pasó a su lado como si nada y se dirigió a su cuarto.
—Si te gustan las carreras, la próxima vez te llevaré —le dijo Adrián, cortándole el paso.
—No me gustan —respondió Selena, sin apreciar su tardío interés.
Adrián sabía que lo decía por despecho. Bajó la mirada y la observó con sus ojos oscuros y penetrantes.
—Selena, ¿te has acostumbrado a decir lo contrario de lo que piensas? ¿No te das cuenta de que esa actitud evasiva no demuestra ninguna sinceridad?
—Ocúpate de tus asuntos. Yo hablo como quiero —replicó Selena, levantando la vista. Sus ojos claros reflejaban la ira contenida de Adrián.
—¡Basta! —exclamó él, conteniendo la voz—. Si no sabes comunicarte, aprende de los demás. Mírate, pareces una tortuga escondida en su caparazón. No despiertas el más mínimo interés.
Selena sintió un nudo en el estómago. Claro, ahora tenía a una mujer dulce y comprensiva fuera de casa. Era normal que ella no le interesara.



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