Selena se detuvo y miró hacia el carro.
—Señora Torres, la salida está un poco lejos. Suba, yo la llevo —le propuso Leandro.
—Muchas gracias —asintió ella, abriendo la puerta y subiendo.
A poca distancia, en el otro vehículo, unos ojos fríos observaban la escena, el rostro del hombre contraído por la furia.
—Señor, ¿seguimos? —preguntó Ricardo, su asistente, tan sorprendido como él.
Que la señora viniera al aeropuerto de noche ya era extraño, pero que lo hiciera por un hombre y, para colmo, se subiera a su carro, era algo que no se esperaba. Ricardo sintió que la temperatura dentro del vehículo descendía bajo cero. Se preguntó si el señor Rojas saldría a enfrentarse al amante de su esposa.
—A casa —ordenó Adrián. Su orgullo no le permitiría bajarse de ese carro. Además, conocía a Selena. No creía que fuera capaz de hacer algo tan descarado. Decidió que lo mejor era volver y esperar a que ella misma le diera una explicación.
...
En la terminal de llegadas, Selena, vestida con una gabardina color caqui y con su melena negra recogida a un lado, esperaba con la mirada fija en la puerta. No llevaba joyas ostentosas, solo unos discretos aretes de perlas. La gente empezaba a salir.
Leandro, a su lado, también observaba a la multitud. Pero después de un rato, su atención se desvió hacia ella. De todas las mujeres ricas que conocía, Selena era la que menos lo parecía. No había joyas caras, ni bolsos de miles de dólares, ni zapatos de diseñador. Si no fuera por el aire de distinción que emanaba de su rostro, sería difícil asociarla con la esposa del hombre más rico del país.
Se colocó detrás de ella y la observó sin disimulo. De repente, una señora la empujó sin querer y Selena perdió el equilibrio. Cayó hacia atrás, chocando contra el pecho de Leandro.
—¡Cuidado! —instintivamente, él la sujetó por la cintura para evitar que cayera.
—Perdón, señor Castañeda. Hay demasiada gente —se disculpó ella, avergonzada.
—No te preocupes. Retrocedamos un poco. Mi padre es un tardado, seguro que es el último en salir.
Selena sonrió.
—Ya no me acordaba de cómo era.
Leandro iba a responder, pero se quedó embelesado por su sonrisa. Sus ojos, limpios y transparentes, brillaban como el ámbar.
—¡Selena! —una voz familiar resonó en el vestíbulo.
—No seas payaso —lo regañó Fabián—. Selena, he oído que conseguiste una inversión para reabrir el laboratorio de tu padre. ¿Cómo va todo?
—Es una larga historia, señor Castañeda. Mejor hablemos en el restaurante. Debe estar cansado del viaje.
—De acuerdo.
—Señor Castañeda, yo vine en mi carro. Vayan ustedes al restaurante y yo los alcanzo.
...
Cuando Selena llegó al restaurante, ya eran más de las nueve. Su celular sonó. Era Adrián.
—El niño te extraña. ¿Cuándo vuelves? —la voz de su marido era fría y distante.
—Tardaré. Cuida tú de Fer, por favor.

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