Jazmín, recuperando la compostura, intervino:
—Selena, divorciarse no es ninguna vergüenza. A veces, terminar un matrimonio que no funciona es lo mejor para todos.
Selena apoyó la mejilla en la mano y, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, preguntó:
—¿Para todos? ¿Eso te incluye a ti?
La abuela Torres, al ver cómo una nieta a la que habían desheredado se burlaba de su adorada Jazmín, no pudo contener su enfado.
—¡Selena, cuida tus palabras! —la amonestó.
Pero Selena simplemente soltó un bufido de desdén.
—Mi matrimonio está perfectamente y ustedes insisten en que me divorcie. ¿Quién es la que no tiene vergüenza aquí?
Jazmín sintió una punzada de humillación, como si la estuvieran acusando de forzar el divorcio. Eso no encajaba con la imagen que quería proyectar.
—Abuela, mejor sentémonos a comer en nuestra mesa. No molestemos a mi prima —dijo, intentando salvar las apariencias.
—Jazmín, eres un ángel. No importa lo que te digan, siempre respondes con generosidad —comentó la anciana, mirándola con ternura.
—Abuela, no tiene caso humillar a alguien que lo está pasando mal. Solo nos haría quedar mal a nosotras —respondió Jazmín con una voz suave y serena, pero sus palabras eran afiladas.
El rostro de Selena se contrajo.
Justo en ese momento, apareció Cecilia. Al ver a los Torres, su expresión se endureció y se acercó a grandes zancadas.
—Selena, este lugar está lleno de moscas. Mejor vámonos a otro restaurante —dijo en voz alta, a propósito.
—Tienes razón —contestó Selena, levantándose.
En la mesa de al lado, los Torres tenían la cara más negra que el carbón.
...
Al salir del restaurante, Cecilia preguntó preocupada:
—¿No te hicieron nada?
Selena negó con la cabeza.
—Si de verdad quiere darle dinero, dudo que deje rastro. Hay demasiadas formas de hacerlo: invertir en su empresa, donaciones a fundaciones, premios de investigación... Todo parecería perfectamente legal.
Cecilia golpeó la mesa con el puño.
—¡Qué coraje! ¡Qué asco!
Selena había invitado a su amiga a comer porque tenía algo importante que decirle.
—Ceci, deja lo del detective por ahora.
—¿Por qué? ¿Crees que son muy lentos? No te preocupes, tengo otros contactos…
—No es eso —la interrumpió Selena, mirándola con seriedad—. Ya no quiero investigar. Y tampoco quiero divorciarme.
—¿Qué? —Cecilia no podía creerlo—. ¿Vas a tirar tu juventud a la basura por ese perro?
Selena desvió la mirada hacia la ventana, observando el bullicio de la calle.
—Ceci, lo he pensado bien. Quiero esperar a que Fer crezca un poco más antes de tomar una decisión.

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