—Descuida, no diré nada —aseguró Selena.
—A mi suegra le caes bien, pero cuando me casé con mi "roca", ella intentó impedirlo. Sé que no tengo mucho poder en esta familia, pero amo a mi esposo y le di un par de gemelos. Quiero quedarme con los Rojas para siempre. —Renata jugueteaba con sus dedos mientras hablaba—. Desde que entré en la familia, mis oportunidades profesionales han mejorado y la gente en el medio me trata con más respeto. Los beneficios son evidentes y no estoy dispuesta a renunciar a esta vida.
Selena miró a la mujer que, a pesar de su aparente arrogancia, también tenía sus propias preocupaciones y cálculos.
—Renata, gracias por ser tan sincera conmigo. Ahora siento que de verdad somos familia —le dijo, apretándole suavemente el brazo—. Sabes lo que quieres, luchas por ello y lo valoras. Serás feliz.
Las palabras de aliento parecieron sorprender a Renata.
—Cuñada, te lo repito: no te vayas, por favor. No dejes que esa tigresa con piel de oveja entre a la casa a morderme —dijo, y luego se apoyó en el brazo de Selena—. ¿Podrías volverte un poco más fuerte y ayudarme a proteger la paz de la familia Rojas?
Selena no supo si reír o llorar. Sentía que le habían puesto una nueva responsabilidad sobre los hombros.
—Renata, la verdad es que… ya no quiero divorciarme. Quiero ver crecer a Fer —confesó en voz baja.
—¿De verdad? ¡Qué buena noticia! Si alguna vez necesitas ayuda, por ejemplo, para saber cómo conquistar a un hombre, cómo seducirlo, cómo hacer que se muera por ti… búscame. Te enseñaré todos mis trucos —ofreció Renata con generosidad.
Selena se quedó sin palabras. ¿De verdad estaban hablando de eso?
Al ver la expresión de asombro de Selena, Renata se echó a reír.
—Ah, casi lo olvido. Tú eres una científica, no una actriz. Mis tácticas quizás no funcionen contigo.
—Cada maestrillo tiene su librillo, supongo —respondió Selena con una sonrisa.
Renata le tocó suavemente la nariz a Fer, que dormía plácidamente.
—Entonces, hazlo por este pequeño.
Selena no esperaba ser reconocida. Tras la presentación de la directora Rodríguez, varias personas más se acercaron a conversar, la mayoría con halagos y cumplidos.
A lo lejos, Jazmín sostenía una copa de vino tinto y observaba la escena con los ojos entrecerrados. A su lado estaba Carla Fernández, una ferviente admiradora de Yago que ahora formaba parte del círculo de amigas de Jazmín.
Jazmín soltó un bufido de desdén. ¿No se suponía que Selena era una mujer discreta, que apenas salía, imitando el estilo de vida de su suegra? ¿Desde cuándo se codeaba en fiestas como una socialité más? La actitud desafiante de Selena en la tienda de ropa la había hecho sospechar que algo había cambiado en ella. Quizás se había dado cuenta de que ser una "mosquita muerta" no le servía de nada y ahora estaba dispuesta a luchar por su matrimonio.
La mirada de Jazmín se desvió y vio una figura vestida de rosa fucsia a lo lejos.
—Carla, tu señor esposo también vino, ¿verdad? —preguntó, una chispa de cálculo en sus ojos.
—Sí, lo vi hace un momento. —El esposo de Carla era un famoso director de cine de San Pedro del Valle, una figura clave para cualquiera en el mundo del espectáculo.
Jazmín, con su copa en la mano, se acercó a Renata con elegancia.

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