—No quiero verte. Eres una mala mujer —espetó Fabio, con los dientes apretados por el odio.
—¡Fabio, no le hables así a tu cuñada! —exclamó Úrsula, al borde de las lágrimas.
Pero Fabio la ignoró, con la mirada fija en Selena.
—No te mereces a mi hermano. Le robaste la felicidad a Jaz.
Úrsula se apresuró a traer pañuelos. Mientras Selena se secaba el agua del rostro, observaba a Fabio, tan delgado que parecía un esqueleto. Era evidente que sentía algo por Jazmín, o que ella le había dicho algo que él había creído a ciegas.
—Lárgate, no quiero verte. Y no te molestes en investigar ninguna medicina para mí. Solo confío en Jaz. Ella es la única que de verdad se preocupa por mí. Tú solo eres una farsante ambiciosa —dijo Fabio, señalándola con un desprecio absoluto.
—Fabio, ¿quién te enseñó a decir esas cosas? Tu cuñada siempre ha estado pendiente de ti…
—¡Yo no le pedí que me salvara! Mamá, no soy tonto. Sé que se metió en la cama de mi hermano para poder casarse con él. Sé todas esas cosas. —Para Fabio, Selena era una mujer sin escrúpulos que había usado su cuerpo para conseguir dinero y estatus.
Selena se dio cuenta de que la enfermedad de Fabio no era solo física; su mente también parecía estar enferma.
—Mamá, creo que será mejor que me vaya por ahora. Intenta calmarlo. —El viaje había sido en vano.
Úrsula, sintiéndose culpable, la acompañó hasta la puerta.
—Selena, Fabio no sabe lo que dice. No te lo tomes a pecho.
—No te preocupes, lo entiendo —respondió Selena con una sonrisa forzada—. Mamá, ¿por qué no buscas un buen psicólogo para que hable con él?
—¿Estás diciendo que…? —Úrsula se tambaleó, casi perdiendo el equilibrio—. ¿Que también tiene problemas mentales?
Selena la miró a los ojos.
—Me parece que está deprimido.
La expresión de Úrsula se desmoronó.


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