—Una cosa no quita la otra —respondió Adrián con una leve sonrisa—. Tú ayudas a Fabio, y yo te hago un regalo. Es lo normal. Y, por supuesto, siempre serás mi amiga.
Jazmín seguía un poco molesta, pero las palabras de Adrián la calmaron.
—Ya has invertido miles de millones en el Grupo Torres por mí. Esa deuda…
—Bueno, ¿qué quieres que te regale? —la interrumpió él.
Jazmín lo miró con una expresión de desconcierto, una táctica que sabía que desarmaba a los hombres, despertando su instinto protector.
—Si no se te ocurre nada ahora, puedes pensarlo.
Adrián se reclinó en su silla, con un aire de despreocupación.
—Tengo una petición, pero no sé si aceptarás —dijo ella, bajando la vista.
—¿Qué es?
Jazmín se giró y miró por la ventana.
—La última vez que mi madre estuvo en el hospital, los médicos dijeron que era grave. Fui a la capilla de la montaña a rezar por ella. Ahora que está bien, tengo que volver para dar las gracias.
—¿Quieres que te acompañe?
—¿Podrías? —dijo ella, girándose para mirarlo con expectación—. Solo sería un momento.
—Claro, no hay problema. Dime cuándo quieres ir y yo me encargo del carro.
—Este domingo. He mirado el calendario y es un buen día.
—De acuerdo. Si rezar es tan efectivo, también pediré por Fabio.
—Eso mismo pensaba yo. También quiero pedirle un amuleto de la suerte.
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