Jazmín lanzó una mirada de soslayo a Selena, que permanecía impasible. ¿De qué le servía tener unos padres brillantes si académicamente era inferior? El laboratorio en el que la familia Rojas había invertido trescientos millones de dólares no había producido un solo resultado significativo bajo su dirección. Era hora de que Selena hiciera un poco de autocrítica.
Con paso firme y seguro, Jazmín regresó a su asiento. A continuación, su padre, Julián, subió al estrado. Con un discurso grandilocuente, pintó un futuro prometedor para la compañía, contagiando su entusiasmo a los presentes y ganándose también una ronda de aplausos.
El siguiente en hablar fue Leandro, presidente ejecutivo del Consorcio Financiero Valenzuela, una de las empresas extranjeras atraídas por el programa de inversión del gobierno. Su regreso al país con un capital de casi cincuenta mil millones de dólares había causado un gran revuelo.
—Selena, ahora te toca a ti. No te pongas nerviosa —le susurró Fabián.
—No se preocupe, señor Castañeda. No lo estoy.
—Con que expongas las ideas principales del informe que te di, será suficiente.
Leandro terminó su discurso y bajó del estrado. Su mirada se posó en Selena. Le preocupaba que, siendo tan joven y atractiva, no la tomaran en serio. Su belleza, en lugar de ser una ventaja, podía convertirse en una distracción, haciendo que la gente se fijara más en su apariencia que en sus ideas.
El presentador anunció su nombre y el del instituto que representaba.
—Leandro, dale una copia del discurso a Selena —dijo Fabián, apurado.
Durante más de diez minutos, expuso los retos y las maravillas de la investigación médica, demostrando que la inteligencia y la pasión no entienden de género.
Jazmín y su padre se miraron, atónitos. La presentación de Selena, centrada en la investigación del cáncer, estaba sólidamente fundamentada en datos que ellos no poseían. El rostro de Jazmín se contrajo en una mueca de desprecio. Estaba segura de que esa investigación no era suya. Sabía perfectamente que el laboratorio de Selena no había hecho nada relevante en los últimos cuatro años. Estaba claro: se estaba aprovechando del trabajo de sus padres para brillar. ¿No era eso una forma de parasitismo?
Un aplauso atronador llenó la sala. Fabián, emocionado hasta las lágrimas, sentía que estaba reviviendo los días de gloria de sus amigos. Leandro, que había estado preocupado por el discurso olvidado, se dio cuenta de que sus temores eran infundados.
Adrián, por su parte, no podía apartar la vista de ella. En cuatro años, nunca la había visto así: segura, brillante, apasionada. La mujer que estaba en el estrado era una completa desconocida para él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Esposa Invisible que Dejaste Ir