Las palabras de Adrián sobresaltaron a Leandro. ¿Acaso había descubierto algo?
—Adri, ¿qué intentas decir? —La sonrisa de Leandro se desvaneció.
Adrián se reclinó perezosamente en la silla.
—Ella es mi esposa. Antes de aceptarla como tu hermana, ¿no deberías haber obtenido mi permiso?
El rostro de Leandro cambió.
—Somos hermanos, nos conocemos desde niños —continuó Adrián—. Siempre te he considerado un buen amigo. Ahora que quieres aceptar a mi esposa como tu hermana, deberías habérmelo dicho primero, en lugar de tratarla ya como tal a mis espaldas.
Leandro se quedó sin palabras. La lógica parecía impecable.
—Lo siento, Adri, yo…
—Olvídalo, somos hermanos, no me importan estas pequeñeces. Pero la próxima vez, si tienes algo que tratar con mi esposa, puedes preguntarme a mí primero, en lugar de salir con ella a solas y dar lugar a malentendidos —dijo Adrián con una sonrisa ambigua, mientras sus ojos observaban atentamente la expresión de Leandro.
La respiración de Leandro se agitó. Tuvo la sensación de que sus intenciones habían sido descubiertas y de que, además, le habían advertido.
—Sí, la próxima vez que quede con Selena, te lo haré saber —asintió Leandro con una sonrisa forzada.
—De acuerdo. Espero que no te moleste lo que te he dicho. Es solo que Selena es una mujer y su reputación es muy importante —dijo Adrián, enfatizando las últimas palabras.
El rostro de Leandro se tensó.
—Sí, la reputación es importante —dijo con una risa seca—. Pero la reputación después del matrimonio también lo es.
Adrián se giró para mirarlo.
—En todos estos años de matrimonio, ella ha estado dispuesta a vivir en un segundo plano. ¿Te has preguntado por qué? —dijo Leandro, mirando la esbelta figura de Selena.
A Adrián no le gustaba que le sacaran los defectos. En ese momento, su rostro se ensombreció.
—Hay cosas entre ella y yo que no conviene hacer públicas —dijo en voz baja.
—De acuerdo, entonces no preguntaré —asintió Leandro.
La mente de Adrián estaba revuelta. Al pensar en sus cuatro años de matrimonio con Selena, se dio cuenta de que no había muchos recuerdos especiales. Después de casarse, se trataron con respeto, como si fueran extraños. Él cumplía su papel de marido y ella, el de esposa virtuosa.
“Probablemente así es como se llevan todas las parejas”, pensó. ¿Acaso alguna pareja vive en un estado de pasión los trescientos sesenta y cinco días del año? Adrián se consoló a sí mismo pensando que su matrimonio no tenía grandes problemas. No necesitaba reflexionar sobre nada.
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