La mayor prueba de autocontrol de una mujer es no tener hijos a la ligera.
—Ambos estamos muy ocupados. No es un buen momento para pensar en eso —respondió Selena.
—¿Ocupados? —Adrián recordó su discurso en la conferencia—. Renunciaste a tu puesto para irte al Laboratorio SemillaViva, ¿no es así? Ya lo tenías todo planeado.
Selena notó la ira en su voz, pero no quiso darle explicaciones.
—Ya es un hecho. Lo que haga de ahora en adelante es mi decisión.
—¿Y los millones que invertí en el laboratorio de tu padre? ¿Los tiramos a la basura?
—Adrián, hay algo que necesito decirte —dijo Selena, levantándose—. Vamos al estudio.
Abrió su computadora y le mostró los datos de los últimos cuatro años.
—Toda la información está aquí. He desarrollado más de cien medicamentos para tu empresa, pero la mayoría son fármacos convencionales. Cada vez que estaba a punto de lograr un avance importante, ocurría algún "accidente".
—¿Accidentes? —replicó Adrián con sarcasmo—. Qué excusa tan conveniente.
—El día que renuncié, alguien entró en mi oficina y revolvió mis cosas. Forzaron mi escritorio, como si buscaran algo.
—¿Un ladrón?
—No. Un espía. Alguien de dentro. No sé quién lo envió, pero su objetivo era sabotear mis investigaciones.
—¿Tienes pruebas, Selena? Sin pruebas, son solo suposiciones.
—Los incidentes anteriores parecían tener una explicación lógica, así que no les di importancia. Pero lo de mi oficina lo confirma. No tengo pruebas, pero quiero que investigues.
—¿Que yo investigue? ¿Por qué debería hacerlo?
Al llegar al antiguo laboratorio, encontró la puerta del almacén forzada. Dentro, todo estaba revuelto. El culpable ya se había ido. La rabia la consumió. Había avisado a Adrián para que enviara a alguien, pero él estaba demasiado ocupado. Ya no le importaba. Si él no quería investigar, que no lo hiciera. Al fin y al cabo, no era su dinero el que estaba en juego.
Cuando bajaba las escaleras, el Bentley de Adrián entró derrapando en el estacionamiento. Él y Jazmín se bajaron. Selena los ignoró y se dirigió a su carro.
—Selena, ¿y el ladrón? —le preguntó Adrián.
—Se escapó.
—¿Cómo?
—Te dije que vinieras a las nueve. ¿Qué hora es?
—Prima, no te enojes —intervino Jazmín—. Ha sido culpa mía. Me caí a la alberca y, como sabes, le tengo pánico al agua desde pequeña. Si no fuera porque Adri me salvó…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Esposa Invisible que Dejaste Ir