—Así que estás intentando halagarme —Renata dejó el guion sobre sus rodillas, se apoyó la barbilla en la mano y miró a Jazmín con una sonrisa—. Has estado halagando a todos en la familia Rojas, ¿qué es lo que pretendes exactamente?
Jazmín sintió un vuelco en el corazón. La mirada penetrante de Renata la inquietó.
—Renata, ¿de qué estás hablando? Me estás malinterpretando —se defendió, fingiendo inocencia.
—No hay ningún malentendido. Ambas somos mujeres, sé perfectamente lo que estás pensando —dijo Renata, sin miedo a ofenderla, y añadió con sarcasmo—: Llevo seis años actuando, y tu actuación, para mí, tiene demasiados fallos. Ah, hace dos años hice una película en la que era la amante, y mis pensamientos en aquel entonces se parecían bastante a tu comportamiento actual.
El rostro de Jazmín se quedó rígido. No esperaba que Renata fuera tan directa.
—Renata, ¿cómo puedes decirme eso? Yo soy buena con los mayores de la familia Rojas porque… —Jazmín se detuvo, sus ojos se enrojecieron y su voz se quebró.
Justo en ese momento, Úrsula, que pasaba por el pasillo, oyó el sollozo de Jazmín y entró preocupada.
—¿Qué pasa? Renata, ¿has estado molestando a la señorita Torres?
Renata no le temía a nada ni a nadie, excepto a su suegra.
—No, mamá, solo estábamos hablando —dijo, haciéndose la tonta.
Jazmín, al darse cuenta de que Renata intentaba impedirle entrar en la familia Rojas, aprovechó la oportunidad y dejó escapar un par de lágrimas.
—Úrsula, no me quedaré a cenar, me acabo de acordar de que tengo algo que hacer…
—Renata, ¿qué le has dicho exactamente? —dijo Úrsula, mirando a su nuera con severidad—. No te pases de la raya, en esta casa no mandas tú.

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