Selena observó el comportamiento del hombre; sentía que estaba siendo demasiado deliberado.
Ya en el carro, Selena conducía mientras en el asiento trasero, padre e hijo seguían durmiendo.
«¿A dónde fue Adrián anoche?», se preguntó.
Salió con tanta prisa y regresó de madrugada. Sintió un escalofrío. ¿Le habría pasado algo urgente a su hermano?
***
Al llegar al edificio de Laboratorios SemillaViva, Leandro ya los esperaba junto a una espaciosa camioneta de negocios.
—Adrián, ¿de verdad vas a llevar a Fer? El viaje podría durar más de tres horas.
Adrián asintió.
—No hay problema. Así aprovecho para llevarlo a pasear.
Selena miró a su hijo, que acababa de despertar y estaba bebiendo leche. Si podía llevarlo a conocer otros lugares, no tenía ninguna objeción.
Una vez en la camioneta, Fer se despertó por completo y empezó a inquietarse.
Primero quería escuchar canciones infantiles, luego quería jugar. Adrián mostraba más paciencia que nunca.
Pero entonces notó algo…
A su hijo también parecía gustarle mucho Leandro. Incluso insistió en sentarse en sus piernas para jugar con él.
Selena, a su lado, le pedía constantemente a Fer que no molestara a Leandro para que pudiera descansar.
Pero Leandro decía con su habitual calidez:
—No te preocupes, así son los niños. Fer es muy vivo y adorable.
—¿Te gustan mucho los niños, Leandro? —preguntó Selena con una sonrisa.
Leandro asintió.
—La verdad es que sí. Pero mis padres son adictos al trabajo y nunca me dieron un hermanito o hermanita. De hecho, Selena, cuando eras niña, durante años estuve convencido de que eras una hija secreta de mi papá. Me moría de celos.
Al escuchar eso, Selena soltó una carcajada.
—No puede ser. ¿Tú, celoso de mí?
—Es en serio —dijo Leandro, y al recordarlo, se sintió un poco avergonzado—. Yo tendría unos siete u ocho años. Descubrí que mi papá tenía escondidas varias fotos tuyas y no me atreví a preguntar. Solo me enojé en secreto. Esa temporada, hasta mi personalidad se torció.
Selena estalló en risas.
Sentado en la última fila, cierto hombre observaba con cara de pocos amigos a las dos personas que conversaban animadamente en los asientos de adelante. No podía sentirse más frustrado.
Podría estar en casa, descansando tranquilamente con su hijo, pero no, tuvo que venir a hacerla de mal tercio.
Aunque Adrián estaba frustrado, al escuchar la risa de Selena, sintió que la vida no era tan mala después de todo.
No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vio tan feliz. Parecía que desde que se casó con él, había contenido su carácter, forzándose a ser una esposa abnegada y virtuosa, sin atreverse siquiera a mostrar su alegría abiertamente.
En ese momento, era como un pájaro libre, charlando relajadamente con Leandro, con una sonrisa sincera.
«¿Estaré celoso?».
Quizás. Adrián realmente sentía celos, pero al mismo tiempo pensaba que Selena merecía ser así de feliz y radiante. Era él quien, como una nube gris, había oscurecido su cielo, robándole la alegría y la libertad.

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