Las palabras de Leandro dejaron a Adrián atónito. No podía creerlo.
—¿Amor a primera vista? ¿Estás bromeando?
Adrián nunca había creído en sentimientos tan absurdos e inexplicables.
—Seguramente solo fue atracción física —se burló.
Leandro negó con la cabeza.
—No. Si hubiera sido solo atracción, me habría fijado en ella la primera vez que la vi, en la fiesta de tu casa.
Adrián frunció el ceño.
—¿Acaso no fue esa noche?
Leandro sonrió.
—Claro que no. Esa noche, ella solo bajó un momento. Ni siquiera recordaba bien su cara.
El corazón de Adrián empezó a latir más rápido. Se sentó en el sofá, abrió una botella de agua que estaba a su lado y bebió un par de tragos.
—Además de en mi casa, ¿dónde más la viste?
Leandro contempló la jungla de acero a lo lejos, donde la luz del sol creaba un reflejo de belleza casi futurista.
—¿Recuerdas el edificio de tres pisos que te compré? El que ahora es Laboratorios SemillaViva. Era donde mi padre trabajaba antes, y de niño yo también llegué a vivir ahí. Lo compré en parte por el valor sentimental que tenía para mí. Ese día, estaba en el balcón del tercer piso, perdido en mis pensamientos, cuando un carro estacionado abajo llamó mi atención.
»El edificio, ya vacío, estaba en silencio. Aquel Mercedes plateado estacionado en la entrada me despertó la curiosidad. Me pregunté qué clase de persona vendría a un lugar como ese.
»Entonces apareció Selena. Parecía tener prisa, tenía los ojos enrojecidos y llevaba una cámara réflex. Apenas bajó del carro, empezó a tomar fotos. Después, se inclinaba para revisarlas, muy concentrada.
»No fue hasta que se acercó al edificio que pude ver bien su rostro, y vagamente recordé que era tu esposa.
»Adrián, ¿sabes? Ese día parecía que se estaba despidiendo de un viejo amigo que la había acompañado durante mucho tiempo. Sus ojos estaban llenos de tristeza y dolor —al llegar a este punto, Leandro se giró y miró fijamente a Adrián.
Adrián, sin embargo, se había perdido en sus palabras, ausente.
Solo cuando Leandro lo miró fijamente, Adrián pareció volver en sí.
—Tú sabías que era el legado de sus padres, y aun así, lo vendiste sin pensarlo. Adrián, ¿te atreves a decir que alguna vez te importó? Si te hubiera importado, ¿por qué ignoraste sus sentimientos? —lo cuestionó Leandro con dureza.
—Sí. Hace cuatro años, yo solo tenía veinticinco. Acababa de tomar las riendas de la empresa, estaba lleno de ambición y quería triunfar en el mundo de los negocios. Mi plan era casarme después de los treinta y cinco, pero… cuando mi madre llegó con Selena, embarazada de cinco meses, en ese momento, sentí que mi mundo se partía en dos, que mi vida ya no estaba completa. No podía aceptar que la mujer con la que me había acostado una noche estuviera esperando un hijo mío. Estaba convencido de que lo había hecho por el dinero de la familia Rojas, para salvar el laboratorio de su padre. Estaba llena de cálculos, decidida a casarse conmigo —al decir esto, la ira de Adrián ya no era tan intensa como antes; estaba mucho más tranquilo.
Leandro frunció el ceño y, al segundo siguiente, resopló.
—Si te soy sincero, no creo que Selena sea esa clase de persona. Debe de haber un malentendido.
La mirada de Adrián vaciló, y luego se rio de sí mismo.
—Pero yo lo creí. Así que, de la nada, me casé, y de repente tenía una esposa. Una esposa que, además, intentaba complacerme en todo. Y ya sabes, a los hombres no suelen gustarles las mujeres demasiado insistentes…
—Seguramente Selena solo intentaba ser una buena esposa. En cuanto a complacer… no creo que sea una persona que sepa cómo hacerlo —Leandro se sintió incómodo. Ni siquiera podía imaginar a Selena tratando de complacer a Adrián.
Adrián asintió.
—Pensándolo bien, su forma de complacer no era adulación. Simplemente hacía lo que una esposa debía hacer. Pero yo la juzgué mal, estaba convencido de que era una intrigante y una calculadora. Así que, a mis ojos, sus intentos de agradarme se magnificaron, y me pareció que se estaba arrepintiendo, que intentaba compensar algo. Por eso, la ignoré por completo e incluso buscaba cualquier oportunidad para lanzarle indirectas. Y ella soportó toda esa injusticia en silencio.
—¿Por qué me cuentas esto a mí? Deberías decírselo a Selena —Leandro ya no quería seguir escuchando. Sentía que Adrián estaba presumiendo.
—Ojalá fuera la mujer calculadora que yo creía. Hasta hace poco, mi madre me confesó que ella lo había planeado todo esa noche. Quería la capacidad de investigación de la familia Torres, así que usó el matrimonio para atrapar a Selena en la familia Rojas, para que se esforzara en encontrar una cura para mi hermano. Leandro, te cuento la verdad porque eres mi amigo. No tienes idea de lo impactado que quedé cuando se reveló todo. La esposa que odié durante cuatro años era una víctima inocente —al llegar a este punto, los ojos de Adrián se enrojecieron ligeramente. Se rio de sí mismo—. Ella es inocente. Solo acudió a mi madre, la mejor amiga de la suya, llena de pánico, en busca de ayuda. Pero esa noche… yo, borracho, le arrebaté su inocencia.

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