Adrián se detuvo y se giró para ver a su hermano, que lo perseguía sin aliento.
—Si tienes algo que decir, dilo rápido —cuando Adrián estaba de mal humor, su paciencia solía ser corta.
Pedro lo observó de reojo y luego, sin medir las consecuencias, preguntó:
—Hermano, ¿te arrepientes de haberte divorciado?
Adrián frunció su imponente ceño.
—Eso no es algo que debas preguntar.
—¿Cómo que no? Soy tu hermano. Además, mi esposa es fan de mi cuñada, así que tengo que preguntar. Si no, ¿cómo le doy la cara en casa? —dijo Pedro, acercándose con picardía para tomarlo del brazo—. Anda, dime, no te lo guardes. Somos familia, ¿no?
Adrián, que desde siempre había considerado a su hermano un poco afeminado, se sacudió su brazo.
—No andes con manoseos, ¿qué te pasa?
Pedro se le pegó con una sonrisa.
—Entonces dime, ¿estás pensando en volver con ella?
Adrián realmente no sabía qué hacer con su chismoso hermano.
—¿Tú crees que si yo quiero volver, puedo y ya? —dijo con indiferencia.
—Hermano, si me preguntas a mí, es normal que mi cuñada no te haga caso. Si te hiciera caso, ahí sí tendrías que preocuparte, porque probablemente sería por tu dinero —le recordó Pedro con una sonrisa.
Adrián se detuvo y se giró hacia su hermano.
—Así que te has vuelto un experto en la mente femenina, ¿eh?
Pedro se infló de orgullo.
—Pues claro, ¿no ves a qué me dedico? Alguien que puede componer música y letras tiene que ser sensible y detallista. Y en lo que respecta a entender a las mujeres…
—Entonces dime, ¿en qué estará pensando Selena ahora? —Adrián lo agarró de repente por el cuello de la camisa, su voz teñida de urgencia.
Pedro, asustado, levantó la vista.
—Hermano, no me pegues…
Adrián, al ver la reacción cobarde de su hermano, lo soltó con aburrimiento y le arregló el cuello de la camisa.
—Mi buen hermano, mi felicidad depende de ti.
—Como Jazmín, ¿verdad? —Pedro se rio—. Hermano, ¿qué te enseñó el abuelo? ¿Acaso solo te enseñó a hacer negocios y dejó tu inteligencia emocional en cero?
—Mi inteligencia emocional es mucho mayor que la tuya —replicó Adrián, ofendido.
—Claro, la tuya la usas para el trabajo. Pero en lo que respecta a las relaciones familiares, no me llegas ni a los talones. Mira a Renata y a mí. Aunque a veces discutimos, nuestro amor es sólido como una roca. Somos uno para el otro…
—¿Ya terminaste? —Adrián le lanzó una mirada fría a su hermano—. Lo que tú crees que es sólido también es frágil. A Renata Méndez le importa el estatus. Si no se lo puedes dar, créeme, te dejará por otro en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Hermano, no me eches la sal! —dijo Pedro, con el rostro enrojecido de ira—. ¡Renata no es así! Tenemos dos hijos, estamos atados de por vida.
—¿Hijos? —Adrián pareció recordar algo—. Yo también tengo uno, ¿no?
Pedro se quedó perplejo por un segundo y luego sonrió.
—Exacto. Tú y mi cuñada tienen a Fer. Están destinados a estar juntos para siempre.
—Pero ella ya no me ama —Adrián bajó la vista hacia el anillo de diamantes en su dedo—. Cuando una mujer se vuelve cruel, es peor que un hombre. Fue ella la que dijo que me amaba, y también fue ella la que dijo que no. Es tan cambiante.
—Mi querido hermano, ¿no será que nunca le diste seguridad y por eso cambió? Estoy seguro de que mi cuñada es una mujer emocionalmente estable que valora los sentimientos. No necesitaba que la amaras con locura, pero al menos podrías haberle correspondido. Lo que pedía era muy poco, pero tú, ¿qué hiciste? No le diste nada y esperabas que te amara ciegamente. No eres un billete de cien dólares, ¿sabes?
Pedro estaba asombrado. ¿Acaso su hermano creía que en el amor también ocupaba una posición divina, donde no necesitaba dar nada a cambio y solo esperaba que los demás lo adoraran?

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