Selena lo había visto todo. Era cierto que Leandro se había visto obligado a beber bastante.
Pero también le extrañaba un poco. En teoría, siendo un empresario de tan alto nivel, Leandro podía enviar a sus subordinados a este tipo de compromisos; no era necesario que fuera él en persona.
—Selena, me duelen un poco las piernas. ¿Puedo apoyarme en ti un momento? —le preguntó Leandro en voz baja.
Selena, por supuesto, no tuvo ningún problema.
—Claro, el chofer debe de estar atorado en el tráfico.
Con su permiso, Leandro inclinó suavemente el peso de su cuerpo hacia ella.
Selena, sosteniéndolo de un solo brazo, no podía mantener el equilibrio, así que rápidamente pasó sus brazos alrededor de él para sujetarlo mejor.
No muy lejos, una cámara parpadeaba sin cesar, registrando la escena en la entrada del restaurante.
Llegó el carro. El chofer bajó a ayudar a meter a Leandro, y Selena subió detrás de él.
Una vez que la camioneta se alejó, la persona en la sombra envió todas las fotos y el video a Adrián.
***
Ya eran más de las once de la noche. Adrián acababa de ducharse; Fer ya dormía en su cama.
Se movía con lentitud cuando escuchó las constantes notificaciones de su celular. Se acercó en un par de zancadas y lo puso en silencio.
Su mirada se clavó en la pantalla. La pareja de pie frente al restaurante hizo que el fuego de los celos le subiera al pecho y a la cabeza en un instante.
Por un momento, Adrián sintió un zumbido en los oídos.
Nunca se había fijado en Selena con tanta atención. En ese momento, con ese vestido tan tierno y elegante, acurrucada junto a Leandro, su mirada coqueta era realmente cautivadora.
Adrián apretó los puños con fuerza, pero al segundo siguiente, los relajó lentamente.
¿De qué servía enojarse?
Ahora ni siquiera tenía derecho a enviarle un mensaje para reclamarle.
Si todavía estuvieran casados, podría incluso ordenarle que se quedara en el laboratorio y no anduviera por ahí.
Pero ahora, su vida era como una cometa con el hilo roto, fuera de su control.
—Leandro, no te pases de listo… —Adrián no tuvo más remedio que descargar toda su ira en ese patán.
Últimamente, las acciones de Leandro demostraban una cosa: los hombres, cuando se lo proponen, pueden ser tan víboras como las mujeres.
En comparación con las sutiles artimañas de Leandro, Adrián era un ejemplo de todo lo contrario: directo y sin rodeos.
«No…», Adrián apretó los dientes. En todos esos años, se había dedicado a expandir su imperio empresarial, enfocado únicamente en hacer que el dinero generara más dinero. Nunca se había preocupado por cultivar los sentimientos.
Ahora, después de cuatro años de matrimonio, su mente estaba en blanco. ¿Por dónde empezar?
Adrián, inquieto, reflexionó durante un buen rato. Finalmente, se giró lentamente y miró al niño que dormía en la cama.

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