Adrián se vistió y salió al salón. Vio a Patricia preparando el desayuno y a Selena, ya vestida, ayudándola a llevar los platos a la mesa.
Esa gentileza innata que poseía se manifestaba plenamente en ese momento.
Adrián se quedó absorto por un instante. Verla en esa faceta de esposa y madre abnegada hizo que el sueño de anoche se volviera aún más vívido.
En el sueño, ella, con un velo blanco puro, corría feliz hacia un hombre.
Adrián sintió una punzada de dolor que le dificultó la respiración.
Selena se dio la vuelta y vio al hombre salir de la habitación.
—Tus cosas las dejé en el baño —le dijo para apurarlo.
Adrián entró en el baño de la recámara principal y vio un cepillo de dientes y una toalla nuevos.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. Selena seguía siendo tan atenta y considerada como siempre.
Adrián se aseó y se sentó a la mesa. Patricia le sonrió.
—Señor Rojas, es un desayuno sencillo, espero que no le importe.
Antes de que Adrián pudiera responder, Selena intervino.
—Con que le den de comer es suficiente. No está en posición de exigir.
Adrián se quedó sin palabras.
—No se preocupe, tía. Su sazón no tiene nada que envidiarle a la de la empleada de la casa. Se ve delicioso —Adrián también se había vuelto más halagador.
Patricia se sorprendió. No era su imaginación, Adrián realmente se había vuelto más agradable y cercano.
Miró a Selena, preguntándose si ella también lo habría notado.
Selena se sentó y le sirvió el desayuno a su hijo. Adrián también empezó a comer.
Patricia, al verlos a los tres juntos, dijo de repente:
—Selena, como vas a llevar a Fer a la escuela, yo me adelanto a comprar la comida.
—¡Claro! —asintió Selena—. Con cuidado en el camino.
Patricia sonrió, tomó una cesta y salió.
—¿Tu tía ya desayunó? —preguntó Adrián, preocupado.

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