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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 30

—No —respondió Adrián, recuperando el control de sus pensamientos.

Selena se dirigió al baño y, antes de entrar, escuchó a unas mujeres cuchicheando.

—La que acaba de pasar, ¿es la famosa heredera de la familia Torres? Qué guapa es.

—Bonita, talentosa y con ese cuerpazo. Ay, Dios, en mi otra vida quiero ser así.

—No les miento, yo de chiquita pensaba que de grande sería justo así.

—Deja de soñar despierta. ¿No viste a los hombres que la rodean? Puros herederos de familias importantes.

—Qué guapo es Adrián. Dicen que está soltero. A Jazmín la vieron saliendo de un hotel con él, a lo mejor ella es la candidata ideal para ser la señora Rojas.

—¿El señor Rojas está soltero? Pero yo recuerdo que estaba casado.

—Imposible. Si estuviera casado, ¿por qué nunca hemos visto a su esposa?

Otra se unió a la burla.

—A lo mejor es muy poca cosa y no se atreve a mostrarla en público.

En ese momento, Selena entró. Las mujeres que chismeaban se dispersaron de inmediato.

Se apoyó en el lavamanos de mármol y se miró en el espejo, con las mejillas todavía sonrojadas. Las palabras de esas mujeres resonaban en su cabeza.

¿Será que por eso, en cuatro años, Adrián nunca había aparecido con ella en público? ¿Le daba vergüenza?

«Ya no importa», se dijo. A fin de cuentas, a ella nunca le habían gustado los eventos sociales.

Se retocó el labial y salió.

En el pasillo, un brazo fuerte la interceptó. Una fuerza imponente la arrastró hacia el jardín al otro lado del corredor.

El aroma familiar y distante la hizo reconocerlo al instante.

—¡Adrián, suéltame! —exclamó, la rabia subiéndole por el cuerpo.

Ese hombre tenía la costumbre de jalarla de un lado a otro sin el más mínimo respeto.

Adrián la soltó, su mirada fija en ella. El rostro de Selena, usualmente pálido, ahora tenía el color de un durazno en primavera, con un brillo seductor. Sus ojos ambarinos, nublados por el alcohol, tenían un encanto puro y peligroso.

Adrián la había visto así antes. Y precisamente porque sabía el efecto que tenía cuando bebía, pensó que se estaba ofreciendo como una oportunidad para otros hombres.

—El evento está por terminar. Vete a casa —le ordenó con severidad.

A Selena le pareció ridículo. Él mismo había llegado con otra mujer y ahora le exigía que se fuera.

—No me voy. Todavía tengo asuntos que atender —dijo, y se dio la vuelta para marcharse.

—Claro, no hay problema —asintió Leandro con una sonrisa.

Jazmín le dio unas instrucciones al chófer de Adrián con voz dulce antes de subir al asiento del copiloto del carro de Leandro. Una vez dentro, se quitó el abrigo y se recostó en el asiento, fingiendo dormir, con un aire de pereza seductora.

—Doctor Castañeda, ¿usted y mi prima se conocen muy bien? —preguntó de repente, mientras la música sonaba de fondo.

—Mi padre era amigo de sus padres. Yo solo la veo como a una hermana —respondió Leandro con una sonrisa.

Al oír la palabra «hermana», los labios de Jazmín se curvaron.

—¿Así que la ves como a una hermana? Pues felicidades, te conseguiste una hermana muy brillante.

—Yo también me siento afortunado de tener una hermana como ella —replicó Leandro, sintiéndose orgulloso.

Jazmín se sintió aliviada al saber el origen de su relación.

Antes de regresar al país, Leandro tenía una buena impresión de Jazmín. Sin embargo, después de escuchar a su padre y a Selena hablar sobre el robo de la investigación de la familia Torres, su opinión sobre ellos había cambiado por completo. Aunque Jazmín pudiera parecer inocente, cada centavo de la fortuna que disfrutaba estaba manchado con el esfuerzo y el sacrificio de los padres de Selena.

En realidad, de inocente no tenía nada.

Leandro dejó a Jazmín en la puerta de su mansión.

—Doctor Castañeda, ¿quiere pasar a tomar un café? —lo invitó ella—. Mi padre seguro sigue despierto, podrían platicar sobre la inversión.

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