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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 32

—No es necesario, nos quedamos aquí —respondió Selena, negando con la cabeza.

Patricia no insistió y volvió a mirar el menú.

—Selena, tu abuela te está hablando, ¿acaso estás sorda? —la regañó Dafne con enfado.

Solo entonces Selena levantó la vista hacia la anciana.

—Abuela, ¿necesita algo?

A la abuela Torres no le hizo ninguna gracia ver que la actitud de Selena empeoraba con los años.

—Selena, después de que tus padres fallecieron, ¿de verdad no piensas tener más relación con la familia Torres? —dijo la matriarca, profundamente decepcionada de esa nieta tan maleducada.

Por suerte, su hijo menor le había dado una nieta y un nieto obedientes y considerados.

—Mi relación con la familia Torres terminó hace mucho tiempo —respondió Selena con frialdad, sin apartar la vista del menú.

El rostro de la anciana se contrajo. Pareció recordar algo y su expresión se endureció. Ya no dijo nada más.

Paola Martínez, la señora Torres, soltó una risa burlona.

—Selena, una persona que carece de la más mínima educación no debería estar en el mundo de la investigación.

—¿Y a usted qué le importa? —le espetó Selena.

Paola se quedó sin palabras. Esperaba que, como su mayor, Selena le mostrara al menos un poco de respeto. Pero esa mocosa era cada vez más insolente.

Jazmín intervino para calmar los ánimos.

—Abuela, mamá, mejor pidamos la cena. No dejemos que las palabras inapropiadas de algunas personas nos arruinen el buen humor.

—No quiero cenar con gente tan maleducada. Vámonos a otro lugar —declaró Paola, levantándose de inmediato para marcharse.

—Abuela, con cuidado... —dijo Jazmín mientras se levantaba para ayudar a la anciana.

La matriarca lanzó una última mirada dolida a la indiferente Selena. En comparación, la amabilidad y consideración de su nieta menor eran como un cálido rayo de sol en primavera.

—En fin, hay gente que por más que la cuides, nunca agradece nada —dijo la anciana al salir, asegurándose de que Selena la escuchara.

Los dedos de Selena, que repasaban el menú, se crisparon. Un dolor agudo le atravesó el corazón.

Patricia miró con reproche cómo se marchaba la familia Torres. Esa gente se alimentaba de la desgracia ajena y todavía tenía el descaro de criticar. No recordaban quién había levantado el imperio Torres desde cero. Ahora que la familia prosperaba, se unían para atacar a la persona que deberían agradecer.

—Selena, ¿estás bien? —preguntó Patricia, con el corazón encogido.

—Estoy bien, tía —respondió Selena, forzando una sonrisa—. Pedí dos platillos más.

Patricia sabía que Selena era fuerte, así que no dijo nada más.

...

Después de cenar, Selena llevó a Patricia de compras. Le compró algunos regalos y dos abrigos. Patricia se negó una y otra vez, pero al final, con los ojos llorosos, tuvo que aceptarlos. Esa niña era demasiado generosa.

Selena regresó a casa muy tarde a propósito.

Eran las diez de la noche.

...

El veintiséis de enero, Selena fue a cenar a casa de Fabián, cargada de regalos.

Apenas estacionó su carro frente a la mansión, vio a Leandro recargado con elegancia en el portón del jardín, como si la estuviera esperando.

Al verlo allí de pie en pleno frío, Selena sonrió y lo saludó.

—Leandro, ¿qué haces aquí afuera?

—Mi padre me pidió que viniera a recibirte —dijo él con una media sonrisa—. Dijo que seguro traerías muchas cosas.

A Selena le hizo gracia y abrió la cajuela. Efectivamente, venía cargada de regalos.

—En ese caso, te agradecería la ayuda, Leandro —dijo con voz clara y melodiosa.

Leandro se acercó y la ayudó a llevar las bolsas al interior.

...

Media hora después, un Bentley plateado apareció por la avenida.

—Adri, ¿ese no es el carro de mi prima? —exclamó la mujer en el asiento del copiloto.

El Bentley frenó en seco. Adrián se giró y reconoció la matrícula del Mercedes-Benz Clase E plateado de Selena.

—Esa es la mansión de los Castañeda —comentó Jazmín—. ¿Mi prima vino a comer aquí?

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