La taza de té golpeó con fuerza contra la mesa, acompañada del tono molesto de Doña Blanca: —¡Qué inútil! ¡Ni siquiera puedes retener el corazón de un hombre!
Así era Doña Blanca. En su mente, su hijo siempre era perfecto e impecable. Si había algún error, la culpa siempre era de los demás.
Antes, Natalia estaba dispuesta a tragarse su orgullo por Gustavo, pero ahora que ni siquiera lo quería a él, ¿por qué habría de aguantarse?
Natalia bajó la mirada. —Naturalmente, no puedo compararme con usted, Señora. Lleva veinticinco años casada con Don Alberto, y él siempre le ha sido fiel y dedicado, sin mirar a nadie más.
Por supuesto que esto era puro sarcasmo. Todos en la alta sociedad de Ciudad del Mar sabían lo mujeriego que había sido Alberto Guzmán en su juventud. De hecho, antes de que Gustavo tomara el control de la empresa, un hijo ilegítimo casi le roba el puesto. Fue por eso que, tras firmar el acta de matrimonio, Gustavo se dedicó en cuerpo y alma al corporativo, purgando a los empleados y echando poco a poco a la gente de su propio padre.
Doña Blanca se quedó atónita. No esperaba que su nuera, que siempre parecía una mansa paloma, se atreviera a contestarle de esa manera. Su rostro pasó del rojo al blanco de indignación. —¡Vaya! Te crees muy lista porque te casaste y entraste a la familia Guzmán, pensando que no puedo hacerte nada, ¿verdad? ¿A que no adivinas cuánto tardaré en hacer que Gustavo te eche a la calle?
—Le creo. Pero antes de eso, seré yo quien eche a Gustavo de mi vida.
—... ¿Qué, qué dijiste?
Doña Blanca pensó que había escuchado mal. ¿Esa mujer que estuvo enamorada de su hijo durante tantos años, que se había arrastrado para entrar a la familia Guzmán, ahora decía que iba a dejarlo?
¡Ja, qué chiste!
Pero para su sorpresa, Natalia le arrojó sobre la mesa una pila de hojas impresas.
Eran las fotos y los mensajes de texto que Gustavo había borrado, y que Natalia había recuperado usando sus conocimientos de informática.
Doña Blanca las leyó y la rabia la consumió.
—¿Quién te mandó esto?
—¿Quién cree usted?
El pecho de Doña Blanca subía y bajaba agitado, arrugando los papeles en su mano.
¡Esa descarada de Silvia! Apenas se le muere el marido y ya está seduciendo a su hijo. ¡Que se prepare!
—¿Y solo por esto te quieres divorciar de Gustavo? —Doña Blanca aún no podía creerlo—. No es nada fácil entrar a una familia adinerada, y menos a los Guzmán.
Natalia soltó una carcajada fría. —Señora, que usted disfrute de ser la esposa engañada, no significa que los demás también. Además, nunca me casé con Gustavo por el dinero de los Guzmán, porque hace tres años descubrí la clase de calaña que son.
Hace tres años, cuando Gustavo se casó en secreto con Natalia por el civil, le avisó a Doña Blanca. Furiosa y llena de odio, ella obligó a Gustavo a transferir todos sus bienes y forzó a ambos a firmar un acuerdo prenupcial que garantizaba que Natalia no recibiría un solo centavo.
Gustavo no le ocultó nada de esto a Natalia, y a ella nunca le interesó el dinero de los Guzmán. Así que dejó que transfiriera los bienes y firmó los papeles sin quejarse.
El rostro de Doña Blanca volvió a sonrojarse de ira y arrojó las hojas impresas de un golpe sobre la mesa.


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