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La esposa que nunca se queja romance Capítulo 7

Ni hablar, ya fuera que su madrastra estuviera de acuerdo o no, hoy tendría que ir a casa de la familia Valdés.

Al salir de la mansión Guzmán, Natalia se reunió primero con Julieta para almorzar en un restaurante nuevo en el centro de la ciudad, un lugar con muy buen ambiente.

—¡Pide lo que quieras, hoy yo invito! —Julieta hizo un gesto amplio, dejándole el menú a Natalia.

No hacía falta adivinar para saber que acababa de cerrar otro contrato importante.

Natalia no se anduvo con rodeos y pidió dos platos fuertes.

Mientras esperaban la comida, Julieta le preguntó con cuidado: —¿Y qué te dijo tu suegra? ¿Aceptó?

Natalia asintió. —Aceptó, aunque no me la puso fácil.

Luego le contó a Julieta los detalles del trato que había hecho con Doña Blanca.

A Julieta casi se le salen los ojos de las órbitas. —¿Pero si esa bruja era la que más te odiaba? Cuando se enteró de que te habías casado con Gustavo, le dio un patatús y terminó en el hospital unos días. Ahora que quieres divorciarte, debería arrodillarse a agradecerte, ¿cómo se atreve a exigirte que le regreses el dinero?

Natalia soltó una carcajada, negando con la cabeza. —Es cierto que me odia, pero le importa más el estatus y la apariencia de los Guzmán. En la boda, Gustavo me abandonó y huyó, y ya toda su familia se convirtió en el chiste del año. Si encima sale a la luz que yo misma fui quien le pidió el divorcio a su hijo, Doña Blanca no tendría cara para salir a la calle.

—Y lo más importante de todo, Silvia no parece tener buenas intenciones.

Julieta también había escuchado sobre el drama entre Silvia, Gustavo y el difunto Lucas. Hizo una mueca de asco. —Esa mujer es una víbora. Apuesto a que quiere casarse con tu inútil marido.

A Natalia no le interesaba para nada los enredos de esos dos. Lo único en su mente era cómo exigir el dinero al llegar a casa de los Valdés esa tarde.

Después de comer, Julieta se ofreció voluntaria: —Te acompaño. Te daré apoyo moral. Tu madrastra es demasiado venenosa, y tú eres demasiado blanda con tu padre; seguro te dará pena exigirle las cosas.

Natalia le agradeció la intención, pero se negó amablemente. —Te viniste de urgencia y seguro no has descansado nada. Ve a tu casa a dormir. Los problemas de mi familia son un asco, y no quiero ensuciarte los oídos con sus gritos e insultos.

Cuando Natalia tenía quince años, su madre falleció en un accidente de tráfico. Ni siquiera habían pasado tres meses cuando su padre usó el dinero de la indemnización de su madre para casarse con su madrastra.

Un año después, nació su medio hermano, y desde entonces la vida de Natalia pasó del cielo al infierno.

Julieta la abrazó con compasión. —Si pasa algo, llámame, e iré corriendo de inmediato.

Natalia le devolvió el abrazo.

Al final, el destino no la había tratado tan mal regalándole a una amiga tan leal.

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