Esteban no había encontrado ningún patrimonio oculto de Karina. La ropa que llevaba podría haber sido un regalo de Florencia. Aunque Florencia no tuviera mucho poder, seguía siendo la señorita mayor de la familia Robles; no era imposible que ayudara a Karina a espaldas de Sebastián. Sin embargo, eso interferiría con su plan de hacer que Karina volviera a rogarle…
Selena salió del baño con un vestido corto de tirantes. Su piel, fresca por el agua tibia, lucía un tono rosado y desprendía un aroma embriagador.
—Hermano…
Caminó hacia la terraza, pero pisó un juguete que Caro había dejado tirado, resbaló y estuvo a punto de caer de bruces. Fabio reaccionó rápidamente, la sujetó por la cintura y la abrazó con fuerza. En sus ojos, brilló una chispa de preocupación.
—Camina más despacio.
Selena asintió, sonrojada. Fabio la soltó para que se mantuviera en pie por sí misma, pero ella soltó un «¡ay!» y volvió a tambalearse. La mano de Fabio regresó a la cintura de Selena. El tacto suave y fluido de su piel lo distrajo por un instante, sin poder evitarlo.
—Hermano, creo que me torcí el tobillo.
Fabio bajó la vista y vio que el tobillo de Selena estaba enrojecido. Se agachó, la levantó en brazos y la depositó en su cama. Selena se aferró al cuello de Fabio, sin soltarlo.
—Hermano, tengo miedo de tener pesadillas. No me atrevo a dormir.
Mientras tanto, en el club de juegos de mesa, Karina no llevaba la cuenta de cuánto dinero había ganado. Solo sabía que no paraba de recibir transferencias. Cuando una aplicación de pago llegaba a su límite, usaba otra, y cuando esa también se bloqueaba, pasaba a su tarjeta bancaria.
Un mesero les trajo cuatro cajas de longán, cada una con hielo para mantener la fruta lo más fresca posible. A Karina no le gustaba especialmente el longán, así que no lo tocó. Ariel, pensando que era porque tenía las manos ocupadas, se las lavó, peló una fruta y se la acercó a la boca. Al ver esto, los otros tres jugadores dejaron de jugar. Se recostaron en sus sillas, balanceándose, con una actitud de esperar a ver el espectáculo.
Karina pensó que Ariel la había llevado a ganar dinero y además la había atendido durante horas, sirviéndole bebidas y agua. Se había esforzado mucho. Si permitía que esos chicos se burlaran de él, sería un poco cruel. Ariel, por su parte, bajó la mirada, arrepintiéndose. ¿Habría incomodado a Karina con su gesto? Estaba a punto de retirar la fruta, mortificado, cuando Karina se la comió de un bocado…
Como lo hizo deprisa, no tuvo mucho cuidado. Sus labios rojos se abrieron y cerraron, atrapando el dulce y refrescante longán, y al mismo tiempo, rozaron los dedos limpios y frescos de Ariel.

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