—Melisa me pidió que te diera esto.
Karina vio lo que era, lo tomó con ambas manos y dijo cortésmente: —Ah, gracias.
Un silencio sofocante se instaló entre ellos.
Ariel rompió el silencio. —¿Bebiste?
—Sí, un poco.
El Residencial Las Ceibas solo tenía cinco pisos. Llegaron al cuarto piso, donde vivía Karina. Al salir, se sintió un poco mareada y su cuerpo se tambaleó.
—Cuidado.
Ariel la sujetó de la mano, con un destello de nerviosismo en la mirada. Karina sintió el calor y el tacto en su mano y bajó la vista. La mano de Ariel envolvía la suya a la perfección. Tenía callos en la base del pulgar y la yema de sus dedos se sentía áspera.
Antes ya había pensado que un bisturí no podía dejar las manos así. Hoy por fin lo entendió: era por el tiro con arco...
Karina se mordió ligeramente el labio y, fingiendo calma, dijo: —Gracias, profesor Solano. Ya estoy bien.
Retiró la mano, sin ver la expresión herida de Ariel.
—Hoy en la escuela me llamaste Ariel.
—Eso fue... por la emoción del momento. Ya es hora de volver a la formalidad.
—Adiós —dijo Karina al salir del elevador.
Ariel, instintivamente, dio dos pasos para seguirla.
—El año pasado les rogué a varios medios que al menos apuntaran sus cámaras a nuestro stand, pero ni me pelaron —dijo Oliver.
Tras escuchar las quejas, Karina dijo con calma: —Este año lo intentaremos de nuevo.
—¿Y... no podría ir alguien más? —preguntó Isabel con timidez.
Realmente no quería volver a ver a ese lobo con piel de cordero. Había oído que tenía influencias y que era un depravado...
Karina miró a los demás; todos habían bajado la cabeza.
—Si nadie va, iré yo —declaró.
Al terminar la reunión, Isabel estaba a punto de advertirle a Karina sobre ese reportero. Pero la recepcionista la interrumpió. Le dijo a Karina que el abogado Sebastián la buscaba.

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