Pero en ese momento, esa humedad pegajosa la tenía incómoda de verdad.
Después de un rato, la dueña del lugar, que no había dejado de gritar por teléfono, por fin colgó.
Con un palillo entre los dientes, los miró de arriba abajo a Sabrina y Sebastián.
—¿Van a quedarse?
Sabrina asintió.
—Queremos dos habitaciones, por favor.
La dueña respondió con un tono cortante:
—Dos habitaciones son doscientos pesos.
—Está bien —dijo Sabrina sin chistar.
—Déjenme sus identificaciones para registrarlos.
Sabrina bajó la voz, casi con pena:
—Es que... perdimos nuestras identificaciones. ¿Habrá manera de que nos dé chance?
La mujer levantó una ceja, los volvió a mirar con detenimiento y, no se sabe en qué pensó, pero soltó una risa burlona.
—Entonces son cuatrocientos por la habitación y cuatrocientos de depósito. Son ochocientos en total.
Sabrina no se puso a discutir por el cambio repentino de precio. Solo asintió.
—Está bien.
Una vez pagado, la señora tomó las llaves y los guió hacia las habitaciones.
Subieron los tres por las escaleras hasta el tercer piso.
La mujer abrió la puerta de una habitación y encendió la luz.
—Aquí está su cuarto.
Era una habitación pequeña, apenas de unos treinta metros, con una cama grande. Apretada, sí, pero al menos tenía todo lo necesario y se veía limpia.
Aun así, Sabrina frunció el ceño.
—Pedimos dos habitaciones.
—Está bien. Nos quedamos en una sola habitación.
En ese instante, afuera la lluvia azotaba con más fuerza, las gotas golpeaban los vidrios con tal intensidad que parecía que querían romper la ventana.
Salir a buscar otro sitio a esas horas y con ese clima no era opción. Solo aumentarían el riesgo de que los encontraran.
La dueña, satisfecha, se dio la vuelta y se marchó.
Cuando la puerta se cerró, el silencio llenó la habitación. Solo se escuchaba claramente el golpeteo de la lluvia.
Sebastián rompió la quietud:
—Esta noche yo duermo en el piso, ni modo. Solo hay que aguantar hasta mañana.
No era lo mismo compartir cuarto en un hotel que dormir en cuevas o exponerse al aire libre. Pero la situación no les daba para ponerse exigentes.
El clima en ese país siempre era húmedo. Y ahora, con la lluvia, todo en la habitación tenía esa sensación pegajosa y resbalosa, hasta las sábanas y las cobijas.
Sabrina encendió el aire acondicionado, pero solo salía aire frío. Ajustó los controles, apretó botones, pero pronto se dio cuenta de que la función de calefacción no servía.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Guerra de una Madre Traicionada
Not to mention that the translation is flawed too, right!?...
Wow, what a joke! It's only released up to chapter 200, after which it's blocked, and then released again from chapter 1434 onwards. That's ridiculous!...